Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer

Este reportaje-crónica de David Foster Wallace es, sin duda, uno de los libros más divertidos que he leído nunca. Además, es perfecto para estos días de calor intenso, porque transcurre nada más y nada menos que… ¡En un crucero de lujo!

En 1995 Wallace fue enviado por la revista Harper’s al Nadir, un megacrucero que navegaba por todo el Caribe. El viaje, que duró una semana, sirvió al escritor americano para hacer un agudísimo relato de la vida a bordo de uno de estos gigantescos barcos (que cuentan con casino, bares, restaurantes, tiendas, piscinas, spas…), de su excéntrica tripulación y de sus “bovinos” pasajeros. Es una crítica en toda regla a la sociedad americana y a las vacaciones organizadas.

Algo-supuestamente-divertido-que-nunca-volvere-a-hacer
Esta es mi edición de DEBOLS!LLO

El libro no sólo cuenta las costumbres y los rituales en estos barcos, en los que la máxima es olvidarse de todas las ocupaciones y las preocupaciones, porque la tripulación entera está ahí para atenderte y cumplir todos sus deseos (que por algo es un crucero de lujo); sino que también permite conocer algo más de la personalidad y el carácter del propio Wallace, que es un escritor que me intriga muchísimo. Tenía un sentido del humor un poco retorcido y sarcástico, pero era un observador muy agudo y no tiene ningún reparo en reconocer su agorafobia e incluso una cierta misantropía derivada de las inseguridades propias de un carácter demasiado genial como para ser comprendido.

Me he reído mucho con este libro, con los personajes del Capitán Video, con las conversaciones que mantenían durante las cenas Trudy y Esther y con el malvado Capitán Dermatitis, que no dejaba a nuestro David hacer su trabajo de investigación. Wallace añade además muchas notas a pie de página para que no quede ningún cabo suelto, aunque debo reconocer que a veces eran demasiado largas.

Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, una botella de agua y un sitio cómodo a la sombra son la combinación perfecta para una calurosa tarde de finales de junio. No puedo deciros nada mejor 🙂

Y, como siempre, os dejo con un fragmento del libro para que saquéis vuestras propias conclusiones:

“Abajo, en el Restaurante Cinco Tenedores Caravelle, los camareros no solamente te traen, por ejemplo, langosta -así como segundos y terceros platos con langosta- a velocidad metanfetamínica, sino que también se inclinan junto a ti con un abrepinzas resplandeciente y un tenedor quirúrgico y te desmantela la langosta, evitándote el follón desvergonzado que constituye la única forma rigurosa de comerse una langosta.”

Vámonos

Tú dirás que necesito un plan.

Yo te diré que necesito respirar.

Tú dirás que me vaya contigo.

Yo te diré que ya veremos el camino.

Entonces tú te callarás,

y solo habrá silencio.

Pero, si quieres saber la verdad,

sé que te seguiré hasta el final.

Si tú te tiras, yo me tiro;

y si yo me tiro, espero que te tires conmigo.

Sábado por la mañana

El lavabo estaba lleno de algodones desmaquillantes manchados. El maquillaje estaba desparramado por todo el baño. La luz del mediodía se colaba por las rendijas de la ventana. Los vasos delatores de la pasada noche seguían sobre la mesa del salón. Todavía seguían conteniendo alcohol, que desprendía un olor nauseabundo. La ropa caía sin vida por doquier.

Yo estaba tumbada en la cama, con la sábana enroscada en una pierna y la almohada doblada. No dormía, tenía los ojos abiertos como platos. El cerebro no me funcionaba muy bien, pero no me dolía. Mi cuerpo solamente estaba exhausto de cansancio, como si hubiera estado corriendo una maratón. Los fines de semana eran más una tortura que un descaso. Me giré a un lado y cerré los ojos, intentando recordar la noche. La sensación de unas manos que me envuelven, conversaciones susurradas al oído, unos ojos que me miran y saben lo que quieren. Me cubro la cara con las manos. Horror. Había besado a algún desconocido. Comprobé el móvil. Ahí había otra prueba. Un teléfono con un nombre desconocido.

Me giré hacia el otro lado, molesta conmigo misma. Si dicen que los borrachos no mienten, ¿está en cierta forma justificado que actuemos así: siendo de manera diferente, más desinhibida y liberal, porque así es como queremos realmente ser? No, me temo que solo es una excusa barata. Es una forma de ser libre durante unas horas, olvidarte hasta de tu nombre y ser cualquier persona anónima que mata a ratos su soledad con la compañía de algún desconocido al que probablemente nunca volverá a ver.

Me coloqué boca arriba. Pensar tanto después de una noche de fiesta hace mucho daño a la cabeza. No digo más que tonterías. O quizás no son tan tontas. Por la noche siempre es más difícil distinguir los detalles propios de una persona, su color de ojos, por ejemplo, pasa desapercibido; pequeños detalles que parecen poco importantes pero que, a la luz del día, quedan al descubierto. Es más fácil ocultar quién eres de noche que de día. Jugando al juego de las sombras, uno puede enmascararse e incluso cambiarse el nombre. Si nadie te conoce, ¿entonces qué más da?

Hasta los amigos cambian. El alcohol une, hace más amorosa a la gente. Aunque también puede volverla más violenta, solo que pocas veces contra los de su mismo grupo. Los sentidos quedan anulados y parecen mezclarse en uno solo, siendo común a todos la risa. Me apreté contra la almohada. ¿De qué sirven las risas pasadas si ahora me encuentro con los remordimientos? Los viernes por la noche tienen el común denominador de tener que pagar el olvido a un precio muy alto.

Las máscaras me salen muy caras.

Tu reflejo

Como un ciego que vuelve a ver

y tiene que aprender

lo que es bello…

Así es para mí tu reflejo.

—————————————————-

Foto: Robert Doisneau

Los misterios que la noche esconde

He intentado darle nombre

a todos los misterios de la noche:

desde la Luna oscura

hasta el viento conciliador;

los murmullos de los grillos

y las voces sin dueño.

He intentado darle nombre

a todos los significados de los sueños,

arrojando luz sobre los símbolos;

interpretando las estrellas.

He intentado no decir tu nombre a oscuras,

en la soledad del no saber,

entre la mezcla de ciega esperanza

y el ardiente deseo

de dormir a tu lado

para descubrir juntos

todos los secretos

que la noche esconde.

Pregúntale al polvo

Como os enseñaba en El paraíso en la Tierra, mi primer pecado en la Feria del Libro de Madrid fue Pregúntale al polvo de John Fante.

Comparado con la Casa lúgubre de Dickens (el libro que me leí antes), que tenía sus 1054 páginas, se me ha hecho muuuuucho más corto y fácil de leer. Hoy, con el corazón un poco encogido y con los ojos ávidos, lo he dado por terminado.

ask the dust
Portada de la película “Ask the dust”, basada en el libro de Fante.

A través de Arturo Bandini, el álter ego del escritor, Fante nos introduce en la desigual vida de un veinteañero aspirante escritor. En la ciudad de Los Ángeles, donde el polvo del desierto parece recubrirlo todo, Bandini, incapaz de ahorrar un dólar, se encontrará con Camila, una camarera mexicana con un carácter muy peculiar, y entre ellos nacerá una retorcida e injusta historia de amor, marcada por la pobreza, la miseria y los problemas de adaptación.

La historia se desarrolla a base de breves diálogos y larguísimos monólogos interiores del propio Bandini (que no se queda atrás en lo del carácter especial), que a pesar de carecer aparentemente de lógica, mantienen un perfecto hilo argumental y una asombrosa complejidad surcada por las inseguridades y las pasiones juveniles.

Es un libro muy entretenido, aunque a veces es algo angustioso debido a la precaria situación que acosa al protagonista, que pasa los días despilfarrando el poco dinero que gana e idealizando la figura de su editor. Una disparatada historia sobre la supervivencia y las complicaciones del amor de juventud, precursora del realismo sucio (es más, Fante tendría una influencia decisiva sobre la obra de Bukowski).

Os dejo algunos fragmentos del libro (nada de spoilers), para que saquéis vuestras propias conclusiones 🙂

“-Arturo-dijo-, ¿por qué nos estamos peleando continuamente?

Yo no lo sabía. Le dije algo acerca del carácter, pero cabeceó, cruzó las piernas y la presencia de sus muslos delicados se me incrustó con júbilo en la cabeza, una sensación gruesa y sofocante, el deseo lascivo y cálido de tenerlos entre las manos. Cada movimiento que hacía, la curva suave del cuello, los pechos grandes que le hinchaban el uniforme, las manos delicadas apoyadas en el lecho, los dedos abiertos, todo me turbaba y una pesadez dulce y dolorosa me hacía caer en trance. Y el sonido de su voz, contenido, bordeando la burla, una voz que hablaba a mi sangre y a mis huesos. Recordé la paz de las últimas semanas y me pareció muy irreal, un estado hipnótico inventado por mí, porque la vida era aquello otro, aquel mirar a los ojos negros de Camila, unos ojos que compaginaban el desprecio, la esperanza y una fruición cínica”.

“Aquello era vivir, dejarse llevar y detenerse para proseguir inmediatamente después, siguiendo siempre la raya blanca que corría paralela a la accidentada costa, descansar un momento al volante, encender otro cigarrillo y observar como un tonto el cielo abrumador del desierto para preguntarse por el significado de las cosas”.

Problemas de comunicación

No me gusta cuando me hablas del futuro, porque lo siento lejano y difuso y siento miedo de lo que pueda llegar.

No me gusta que te pongas serio y me digas que planeemos lo que no podemos planear: a diez años vista, sin tener en cuenta las vueltas que puede dar la vida. Y yo quiero decírtelo todo, pero no sé cómo.

Y la distancia crece entre nosotros.

Me frustro y me encierro en la comodidad del silencio, rebuscando palabras en mi cerebro que se alejan escurridizas y me dejan frente a ti, frente al abismo que nos separa.

Y entonces ya es tarde para volver atrás.

Los dos guardamos silencio y una amenaza se cierne sobre nosotros… Tú que no me entiendes porque no me sé explicar… Yo que te malinterpreto y no sé adónde quieres llegar.

Si al menos pudiéramos sortear la distancia a base de besos…