Fantasmas

Los recuerdos se arremolinaban como aviones de papel en la esquina de la habitación. Ella fumaba en silencio. El humo de su cigarro enturbiaba el aire de la habitación. Un enorme ventanal a su espalda descubría las primeras luces del alba. La ciudad despertaba entre brumas y perezosos rayos de sol entre un mar de nubes. El cielo presagiaba lluvia. Pero ella permanecía ajena a todo esto, tenía la mirada perdida en algún punto de la pared. Las profundas marcas moradas bajo sus ojos eran el resultado de largas noches debatiéndose entre el sueño y la vigilia. A sus pies, sobre la alfombra de pelo blanco, bolsitas de tila mojadas se extendían aquí y allá. Ella sacudió la cabeza y apagó el cigarro ya consumido.

Se tumbó en el sofá y cerró los ojos. Respiraba profundamente.

-Vamos, por favor- suspiró.

Se giró en el sofá poniéndose boca abajo y apretó los ojos, como si así fuera a conseguir alcanzar al sueño. Tenía ganas de llorar, pero sus ojos cansados ya no albergaban lágrimas. Estaba demasiado cansada como para llorar. La actividad febril de un cerebro sobreexcitado la mantenía despierta y activa. Pero el cansancio del momento la impedía moverse.

Abrió los ojos de nuevo. No había forma de conciliar el sueño cuando los recuerdos alzaban el vuelo y se chocaban contra las paredes de su cabeza. Recuerdos, recuerdos, recuerdos, que la atrapaban y la alejaban del presente que se la escapaba entre telas de araña y rastros de sueños. Los recuerdos que no la dejaban dormir, ni descansar, ni desconectar. Recuerdos de tiempos pasados que ya no tienen sentido en los días presentes, pero que continúan con su feroz acoso día sí, día también. Fantasmas del pasado presos en aquella habitación, en aquella ciudad, en aquel corazón. El camino del olvido es el más difícil de transitar, y el que más esfuerzo requiere. Ella lo sabía bien: por un lado quería liberarse y olvidar todo aquello que tanto la atormentaba, pero al hacerlo, entonces ya jamás volvería todo lo que se marchó, y que ya nunca más podría volver.

Volvió a suspirar sobre el sofá y abrió y cerró los ojos. Se sentó. Y otra vez volvió a cambiar de postura, tumbándose de nuevo. Negó con la cabeza, y finalmente, exhaló un largo y profundo suspiro.

-Se acabó.- dijo en voz alta.- Se acabó- volvió a repetir.- Se acabó- y al decirlo de nuevo se deleitó con cada palabra, como si las saboreara, como si notara el sabor de su triunfo.- Se acabó- sentenció- Ya está bien, ya no quiero seguir más así, me libero de todos los fantasmas, de todos los recuerdos y de todo el miedo que ya no me deja casi ni respirar.

Se levantó y fue hacia el ventanal, y lo abrió de par en par. Las primeras gotas de la tormenta la recibieron bañando su rostro, como lágrimas de rocío. Ella comenzó a reírse, la lluvia la purificaba y la liberaba de todo aquello que no la dejaba mirar hacia delante, sino siempre hacia atrás. Los aviones de papel de los recuerdos se mojaron, y ya no pudieron volar más. Ella dejó entreabierta la ventana, inundándolo todo el olor salado del mar, y volvió al sofá. Se tumbó, estirada y relajada, y cerró los ojos. De pronto la invadió un profundo y pacífico sueño.

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Banda sonora:

Foto: Robert Doisneau

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