Pregúntale al polvo

Como os enseñaba en El paraíso en la Tierra, mi primer pecado en la Feria del Libro de Madrid fue Pregúntale al polvo de John Fante.

Comparado con la Casa lúgubre de Dickens (el libro que me leí antes), que tenía sus 1054 páginas, se me ha hecho muuuuucho más corto y fácil de leer. Hoy, con el corazón un poco encogido y con los ojos ávidos, lo he dado por terminado.

ask the dust
Portada de la película “Ask the dust”, basada en el libro de Fante.

A través de Arturo Bandini, el álter ego del escritor, Fante nos introduce en la desigual vida de un veinteañero aspirante escritor. En la ciudad de Los Ángeles, donde el polvo del desierto parece recubrirlo todo, Bandini, incapaz de ahorrar un dólar, se encontrará con Camila, una camarera mexicana con un carácter muy peculiar, y entre ellos nacerá una retorcida e injusta historia de amor, marcada por la pobreza, la miseria y los problemas de adaptación.

La historia se desarrolla a base de breves diálogos y larguísimos monólogos interiores del propio Bandini (que no se queda atrás en lo del carácter especial), que a pesar de carecer aparentemente de lógica, mantienen un perfecto hilo argumental y una asombrosa complejidad surcada por las inseguridades y las pasiones juveniles.

Es un libro muy entretenido, aunque a veces es algo angustioso debido a la precaria situación que acosa al protagonista, que pasa los días despilfarrando el poco dinero que gana e idealizando la figura de su editor. Una disparatada historia sobre la supervivencia y las complicaciones del amor de juventud, precursora del realismo sucio (es más, Fante tendría una influencia decisiva sobre la obra de Bukowski).

Os dejo algunos fragmentos del libro (nada de spoilers), para que saquéis vuestras propias conclusiones 🙂

“-Arturo-dijo-, ¿por qué nos estamos peleando continuamente?

Yo no lo sabía. Le dije algo acerca del carácter, pero cabeceó, cruzó las piernas y la presencia de sus muslos delicados se me incrustó con júbilo en la cabeza, una sensación gruesa y sofocante, el deseo lascivo y cálido de tenerlos entre las manos. Cada movimiento que hacía, la curva suave del cuello, los pechos grandes que le hinchaban el uniforme, las manos delicadas apoyadas en el lecho, los dedos abiertos, todo me turbaba y una pesadez dulce y dolorosa me hacía caer en trance. Y el sonido de su voz, contenido, bordeando la burla, una voz que hablaba a mi sangre y a mis huesos. Recordé la paz de las últimas semanas y me pareció muy irreal, un estado hipnótico inventado por mí, porque la vida era aquello otro, aquel mirar a los ojos negros de Camila, unos ojos que compaginaban el desprecio, la esperanza y una fruición cínica”.

“Aquello era vivir, dejarse llevar y detenerse para proseguir inmediatamente después, siguiendo siempre la raya blanca que corría paralela a la accidentada costa, descansar un momento al volante, encender otro cigarrillo y observar como un tonto el cielo abrumador del desierto para preguntarse por el significado de las cosas”.

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