Sábado por la mañana

El lavabo estaba lleno de algodones desmaquillantes manchados. El maquillaje estaba desparramado por todo el baño. La luz del mediodía se colaba por las rendijas de la ventana. Los vasos delatores de la pasada noche seguían sobre la mesa del salón. Todavía seguían conteniendo alcohol, que desprendía un olor nauseabundo. La ropa caía sin vida por doquier.

Yo estaba tumbada en la cama, con la sábana enroscada en una pierna y la almohada doblada. No dormía, tenía los ojos abiertos como platos. El cerebro no me funcionaba muy bien, pero no me dolía. Mi cuerpo solamente estaba exhausto de cansancio, como si hubiera estado corriendo una maratón. Los fines de semana eran más una tortura que un descaso. Me giré a un lado y cerré los ojos, intentando recordar la noche. La sensación de unas manos que me envuelven, conversaciones susurradas al oído, unos ojos que me miran y saben lo que quieren. Me cubro la cara con las manos. Horror. Había besado a algún desconocido. Comprobé el móvil. Ahí había otra prueba. Un teléfono con un nombre desconocido.

Me giré hacia el otro lado, molesta conmigo misma. Si dicen que los borrachos no mienten, ¿está en cierta forma justificado que actuemos así: siendo de manera diferente, más desinhibida y liberal, porque así es como queremos realmente ser? No, me temo que solo es una excusa barata. Es una forma de ser libre durante unas horas, olvidarte hasta de tu nombre y ser cualquier persona anónima que mata a ratos su soledad con la compañía de algún desconocido al que probablemente nunca volverá a ver.

Me coloqué boca arriba. Pensar tanto después de una noche de fiesta hace mucho daño a la cabeza. No digo más que tonterías. O quizás no son tan tontas. Por la noche siempre es más difícil distinguir los detalles propios de una persona, su color de ojos, por ejemplo, pasa desapercibido; pequeños detalles que parecen poco importantes pero que, a la luz del día, quedan al descubierto. Es más fácil ocultar quién eres de noche que de día. Jugando al juego de las sombras, uno puede enmascararse e incluso cambiarse el nombre. Si nadie te conoce, ¿entonces qué más da?

Hasta los amigos cambian. El alcohol une, hace más amorosa a la gente. Aunque también puede volverla más violenta, solo que pocas veces contra los de su mismo grupo. Los sentidos quedan anulados y parecen mezclarse en uno solo, siendo común a todos la risa. Me apreté contra la almohada. ¿De qué sirven las risas pasadas si ahora me encuentro con los remordimientos? Los viernes por la noche tienen el común denominador de tener que pagar el olvido a un precio muy alto.

Las máscaras me salen muy caras.

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