¿Será verdad?

En todas las conversaciones

que hemos mantenido

tú y yo en mi cabeza,

no podría haber imaginado nunca

-en ninguna de ellas-

algo parecido a lo que me dijiste ayer…

Mi rayo que no cesa,

mi aliento que se escapa.

¿Será verdad entonces?

¿Será cierto que me amas?

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De ausencias y olvidos

No me duele tanto tu ausencia,

sino tu silencio.

No me duele tanto la distancia,

sino el no saber.

Me duele la falta de palabras

mientras coso recuerdos en el viento,

esperando que lleguen hasta ti.

Los pensamientos se arremolinan

como pájaros de papel

en el desván de mi memoria;

y tú, tan lejos,

tan en silencio,

tan en el olvido…

Me deshechas lentamente de tu mente,

como el Sol del amanecer

desvanece las sombras de la noche anterior…

Tú no dejas de olvidarme,

y yo no puedo menos que…

recordarte.

Deja que te lo explique…

Realmente nunca aprendí a pedir perdón ni a perdonar. Y mucho menos a olvidar. En estos casos, las palabras no sirven de nada; son meros actos formales que intentan cubrir lo que siento en lo más hondo de mi ser: rencor. Oh, sí. Ya sé que suena terrible, pero no por ello es menos cierto.

Cuando una persona en la que he confiado y a la que he apreciado me hace daño, hace que las cosas se pogan muy feas. Es entonces realmente difícil restaurar la confianza ultrajada y el cariño ridiculizado. Supongo que es una cuestión de orgullo (y yo, por desgracia, tengo mucho). Es algo que no puedo evitar y en lo que tengo que trabajar.

Lo mismo sucede cuando hay que pedir perdón. ¡Cómo tiembla la voz entonces! ¡Cómo huyen despavoridas las palabras, dejándote solo en la estacada! Arrepentimiento ha sido siempre una palabra que he encontrado bastante molesta. Supongo que tiene que volver a ver con el orgullo. Sin embargo, hay que señalar que errar (y reconocerlo) es de sabios, y la tranquilidad, la paz y el alivio que te supone pedir perdón y ser perdonado no tiene comparación.

Así que, antes que verme acorralada por los remordimientos o por el rencor, tengo que tragarme el orgullo y hacer algo sorprendentemente difícil, pero tremendamente reconfortante:

Te pido perdón por no haberte entendido

y te perdono porque me hayas herido. 

¿Podemos ya volver a ser amigos?

La bendición de la tierra

Esta fue la novela por la que el escritor noruego Knut Hamsun recibió el premio Nobel en 1920 y está considerada como una de las novelas más influyentes del siglo XX. Con esta carta de presentación, ¿cómo iba a resistirme a leerla?

Knut Hamsun es uno de esos escritores que no deja indiferente a nadie: o te encanta o te aburre hasta la muerte. A mí me pasó lo primero. Nuestro idilio comenzó con Hambreuna de sus obras más emblemáticas y uno de los libros más extraños y chocantes que he leído en mi vida. La elección del adjetivo “chocante” no ha sido fortuita, es simplemente que no se me ocurre otro término con el que referirme a nuestro primer encuentro: el libro es casi en su integridad un monólogo interior incesante sobre el angustioso hambre que atenaza al protagonista, que oscila entre la locura y el sentido común durante toda la obra. Me dejó tan perpleja y me atrajo tanto este modo de escribir, que no me lo pensé dos veces y fui directa a por Panotra de sus novelas más conocidas. La belleza de sus descripciones terminó por robarme el corazón.

Todas las obras de Hamsun que he leído hasta la fecha se componen de una narrativa sosegada con unos protagonistas problemáticos y contradictorios. Lo que más me ha sorprendido de La bendición de la tierra es que no hay un protagonista claro, sino que va rotando según el periodo de la historia que está desarrollando. Bien es cierto que la figura central de la obra es Isakel colono que da comienzo a la historia y entorno al cual se desarrolla toda la trama. Isak es un hombre muy sencillo, agricultor hasta la médula y un trabajador incansable. Lo único que se le puede reprochar es su carácter silencioso y simple, casi como un cavernícola, tal y como le describre Hamsun.

El escritor noruego amaba la vida en el campo. Frecuentemente se escapaba allí para escribir. Es por eso que sus narraciones están plagadas de extensas descripciones sobre la naturaleza: los árboles, los caminos, los animales… No son en absoluto pesadas o repetitivas, sino todo lo contrario: Hamsun intentaba reflejar la belleza de los bosques noruegos describiendo no sólo su apariencia física, sino también la sensorial.

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Fotograma de la adaptación del libro al cine en 1921

La bendición de la tierra es una historia sobre la infatigable lucha que supone la vida y encontrar tu lugar en ella. Es una historia sobre las relaciones humanas, sobre los estragos del aislamiento y sobre la capacidad de trabajo y superación del ser humano.

La narración corre a cargo de un narrador omnisciente que conoce todos los íntimos secretos de los diversos personajes que pululan por las páginas. Aunque la narración es lineal, hay veces que da saltos en el tiempo y no se especifica bien cuánto tiempo ha pasado, lo que es un poco confuso.

Uno de los aspectos más llamativos de este libro es que toca un tema que sigue siendo muy controvertido hoy en día: el aborto y los infanticidios por parte de las madres. Es probable que Hamsun quisiera hacer una crítica respecto a la supuesta despreocupación por parte de esas madres infanticidas. Me dejó muy sorprendida encontrar ese tema en un libro, en apariencia, tan sencillo como éste. Pero también hay hueco para la crítica a la vida en la gran ciudad, lejos de la tranquilidad del campo, donde todo es fugaz y vano. Podéis apreciarlo en este pasaje:

“Pues claro que Eleseus deseaba regresar a la ciudad, ¿quién lo dudaba? ¿A quien le apetecía pudrirse en el campo? ¡Él pensaba llegar muy alto! En casa no mencionó el cambio de situación, de nada serviría; además, se sentía un poco apático. La vida en Sellanra ejercía de nuevo su influencia sobre él, era una existencia aburrida y monótona, pero tranquila y adormecedora, que instaba a soñar. […] Que recuperara el gusto por el olor a hierba lombriguera tenía un pase, pero lo que no era lógico para un muchacho campesino era pensar, al oír ordeñar a su madre y a las chicas por las tardes: “Están ordeñando, ¿lo oyes? Escucha bien, qué extraño, una especie de canción de un solo chorro, tan diferente a la música de instrumentos de metal en la ciudad, a la del Ejército de Salvación y a la sirena del barco de vapor. Chorros de leche cayendo en un cubo…””

Claro que, hay que recordar que en Noruega no están muy orgullosos de Hamsun, ya que éste no tuvo ningún reparo en mostrar su apoyo a los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Es por eso que tiene algunas ideas un poco… anticuadas, y los personajes femeninos salen bastante mal parados. Las mujeres de La bendición de la tierra son ignorantes, ingenuas y de moral relajada. Hamsun nos obsequia con alguna perlita como: “Las mujeres no distinguen a un hombre de otro, no siempre, o al menos no muy a menudo”. 

Pero bueno, no se lo tendremos en cuenta, ya que sus pensamientos saben compensar su falta de tacto con el género femenino, sobre todo cuando hay que hablar sobre la vida en el campo:

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Knut Hamsun

El colono no pierde la cabeza. El aire que respira es un raudal de salud, tiene público suficiente para lucir su ropa nueva, no echa de menos los diamantes y sólo conoce el vino por las bodas de Canaán. El colono no sufre por las maravillas que no puede tener: el arte, los periódicos, los lujos, la política, valen exactamente lo que la gente está dispuesta a pagar por ellos, nada más; pero las cosechas de la tierra, en cambio, hay que lograrlas a cualquier precio, pues son la base de todas las cosas, la única fuente. ¿Quién dice que la vida del colono es vacía y triste? ¡Nada más lejos de la verdad! ¡Cuenta con unas fuerzas superiores en las que refugiarse, sus sueños, sus enamoramientos, su fértil imaginación!”

Es una gran lectura que espero que os guste tanto como a mí 🙂

El Hexágono

Llovía la noche en que me decidí a volver al bar. Hacía seis meses que no caía ni media gota de agua y, sin embargo, aquella noche todas las nubes negras se habían cernido sobre la ciudad, descargando toda su furia sobre nosotros. El olor a mojado del pavimento me reconfortó. El frío que empezaba a adherirse a mi piel me recordó que seguía vivo y que aún no había perdido del todo mi capacidad de sentir. Escuchar el sonido de la lluvia sentado solo en casa me deprimía demasiado, por eso me puse la gabardina y salí a la calle. Prefería morir a acostarme otra vez con la soledad. Morir. Esa sí que sería una buena solución.

Caminé por la calle sin saber bien hacia dónde dirigirme hasta que las manos empezaron a temblarme y noté la boca seca. Levanté la cabeza y entre los mechones de pelo mojado descubrí el cartel luminoso. Instintivamente había ido otra vez a aquel maldito antro de vicio y perversión, de lujuria y alcohol que era mi vida y mi destino inconsciente. Intenté recordar cuando fue la última vez que había estado, pero un extraño bloqueo en mi mente me impidió fijar una fecha exacta. Podía haber estado allí hacia un mes… o una sola noche. El frío empezaba a atenazarme los miembros, así que sacudí la cabeza y entré.

La nube de humo me hizo cerrar los ojos. ¿Qué fumar en los bares estaba prohibido? Era posible, pero no en el Hexágono. El Hexágono imponía su propia ley. ¿Que qué pinta tenía? Es más que probable que sea el peor sitio de toda la ciudad, e incluso del país, si me apuráis.

Imaginaos el sitio más cutre en el que hayáis estado, el peor antro de mala muerte que podáis encontrar, ¿lo tenéis? Bien, pues ahora recubrir sus paredes de terciopelo rojo – pero no olvidéis levantarlo en algunas zonas por la humedad- con una greca de tachuelas que parecen más bien chicles y chinchetas pegados sin ton ni son a la pared. La barra se encuentra al fondo, repleta de botellas con los líquidos más inspiradores y estimulantes que podáis probar. El camarero, un gorila unicejo y tuerto, lleva una pajarita mal anudada y una camisa llena de manchas. Tan pronto te sirve una copa como te hace de proxeneta. El centro del Hexágono está recorrido por una pasarela de madera, con su correspondiente barra americana al final. Detrás de la pasarela hay un escenario con cortinas rojas raídas. Tres sillones negros sin tapizar se encuentran a cada lado de la pasarela, haciendo un total de seis sillones. Seis sillones para los afortunados que pagan más y pueden sobetear un poco a la bailarina; seis buitres sin corazón que roerán el espíritu de alguna pobre chica cuya única culpa ha sido tener mala suerte en la vida. Pero, ¿qué podemos hacer? Yo soy uno de esos buitres.

El Hexágono sólo tenía cuatro afortunados la noche en que volví a pecar; cuatro caballeros hundidos en sus sillones, fumando y bebiendo como si no hubiera mañana. En el resto de mesas, desperdigadas por el bar, las chicas entretenían al resto de hombres más vacíos de cartera, aunque no de moral.

Dudé entre qué emplazamiento elegir. Las luces del escenario parpadearon y me sentí atraído por la posible actuación. Escuchar música sería maravilloso si con ello conseguía apagar las malditas voces de mi cabeza. Me senté en la mesa enfrente a la barra: el sillón más caro y cotizado. Ante todo quería no pensar. Una de las chicas se me acercó.

-Hola, papi. ¿En qué puedo ayudarte?

La miré con ojos vidriosos. Desde luego que bien podía ser su papi. No habría cumplido ni veinte años y era francamente bonita. Por desgracia le afeaba el carmín que se le derretía por una de las comisuras de sus labios, como si de una sangrante cicatriz se tratara. Los ojos los llevaba tan maquillados que parecían dos faros sobrenaturales, demasiado azules, demasiado abiertos. La falta total de curvas le hacía parecer enclenque, enfermiza. Sentí auténtica lástima por ella y por mí. Busqué en mi bolsillo y le tendí un billete arrugado.

-Whisky con hielo, tesoro.

Ella se apresuró a quitarme el billete.

-Volando.

-Espera- le cogí de la muñeca. Todo su cuerpo se tensó- ¿Quién actúa esta noche?- la solté y se relajó tanto que incluso conseguí que sonriera.

Madame Margot. Tiene una voz maravillosa.

Madame Margot. Seguro que lo único francés que tenía era el nombre. Bostecé y me eché hacia atrás en la silla. Estaba en primerísima fila. Los otros cuatro decrépitos espectadores que me acompañaban estaban demasiado concentrados en sus copas. Las luces del escenario volvieron a parpadear. La chica de los ojos enormes y el pintalabios chorreante me puso el vaso lleno delante y me besó en la frente. En plano centro me dejó un enorme surco rojo chillón. Di un trago y esperé.

El primero en salir fue un guitarrista desgreñado y con cara de pocos amigos. Se sentó en un taburete a la derecha del escenario y empezó a afinar la guitarra. Acto seguido salió el pianista, que ocupó su puesto al fondo del escenario. Le hizo un gesto con la cabeza al guitarrista y ambos comenzaron a tocar. Por la izquierda hizo su aparición Madame Margot.

Era increíblemente fea: sus cejas estaban demasiado pobladas para ser mujer; su nariz no encajaba con su cara, siendo la primera muy grande y la segunda muy pequeña; sus ojos eran pequeños pero muy expresivos, esquivos e incluso crueles. Su boca se abría desmesuradamente cuando cantaba y sus labios eran una fina línea curva, torcida en un gesto pícaro. Sin embargo era hermosa a través de su voz. El tono, el timbre, la melodía, la expresión… Todo en ella era perfecto. Y al cantar con tanta belleza, ella se volvía bella también. El vestido, demasiado justo y demasiado pequeño, dejaba muy poco a la imaginación.

En conclusión: me quedé totalmente fascinado por Madame Margot.

No recuerdo el número exacto de canciones que cantó aquella noche, quizás cinco, quizás diez. Estaba demasiado concentrado en el sonido de aquella voz que casi no distinguía cuando acababa una canción y cuando empezaba otra. Las melodías no eran gran cosa: canciones sencillas cantadas en francés (me equivoqué, resultó que Margot sí era francesa). No es que yo entienda el francés, pero por los movimientos de Madame Margot supuse de lo que hablaban. En el fondo todas las canciones hablan de lo mismo, de ese estúpido invento que intenta justificar los buenos sentimientos en las personas: el amor. Lástima que nadie cante sobre la verdad, es decir, sobre la oscuridad que anida en el fondo de los corazones.

Me bebí seis whiskeys durante la actuación de Madame Margot. Los suficientes y necesarios para empezar a perder el control de mi cuerpo y mis movimientos. Me sentía como un fanático ante el altar de su ídolo: si ella paraba para respirar o para beber agua, yo empezaba a sudar y temblaba de emoción al esperar la siguiente canción. Disfrutaba como el más entregado de los devotos, como el más fiel seguidor, mis ojos brillaban con un fuego más ardiente que el que luce en el Sol. Me quemaba la piel y, ¿para qué negarlo? La entrepierna también. Me moría por arrancarle ese estúpido vestido a Madame Margot y violar con toda la fuerza de mi ser aquel cuerpo y aquella voz, quería hacerla gritar y gemir de placer, que solo fuera mía, que yo fuera el único en escucharla.

Miré con rencor a mis cuatro compañeros que apenas levantaban la vista de sus vasos. Infames borrachos incapaces de apreciar el arte que aquella extraña mujer ofrecía. Sentí furiosos deseos de golpearles hasta que fueran capaces de escuchar. Iba a ponerme en pie para abalanzarme sobre mi compañero de la izquierda, que acababa de tirarse la copa encima, cuando la voz de Madame Margot se apagó.

Se estaba despidiendo, se inclinaba para saludar. Yo me quedé boquiabierto y desvalido. Los aplausos fueron escasos.

-Madame, no se vaya por favor. Otra canción, otra más- supliqué.

Ella me miró con una ceja levantada. Parecía una diosa contemplándome desde lo alto del escenario. La bragueta me iba a estallar. Entonces se inclinó sobre el escenario, me enseñó su generoso escote y me lanzó un beso. Me hundí en el sofá. El calor era abrasador. Vi como se alejaba entre el humo de los cigarros. Desapareció por una de las cortinas rojas, seguida por el guitarrista y el del piano.

En el momento en el que se fue, en el momento en el que dejé de escuchar su voz, la realidad volvió como un puñetazo para mí. Prácticamente me había quedado sin dinero, estaba en el peor bar de la ciudad, olía a degeneración humana y sudaba por todos los poros de mi piel, pero me había enamorado, o quizás solo era un calentón. En ese momento me pareció que era lo mismo. Aquella voz me había vuelto completamente loco.

Busqué con la mirada a la chica que me había servido. La localicé detrás de la barra, hablando con el gorila tuerto. Conté el dinero que me quedaba: una auténtica miseria, pero esperaba que pudiera cubrir la siguiente e inesperada parada de la noche. Me puse en pie con toda la dificultad del mundo y me acerqué tambaleando hasta la barra.

-Oye, jefe, ¿cuánto me costaría un concierto privado con Madame Margot?

El gorila me sonrió.

-Te ha gustado, ¿eh? Una voz como la suya no se escucha todos los días y, por supuesto, tampoco es nada barata.

Me apoyé en la barra. El gorila me imitó.

-Tengo treinta euros.

-¡Ja! Con treinta euros no te da ni para el preámbulo- el gorila se echó para atrás- Por treinta euros te cedo a esta belleza. Además sé que le gustas.- dijo señalándome a la niña que me había servido las copas, que me estaba mirando con aire coqueto.

-¿Sabes cantar, preciosa?- le pregunté.

-Yo por ti hago lo que sea.

-Cántame algo.

No sé si era por que la voz de Margot me había vuelto loco o porque la pobre cantaba así de mal, pero en el momento en el que empezó a canturrear el “Como una ola” la mandé callar. Imposible. Tenía que ser la francesita.

-Gracias, cielo. Quizás otra noche.- Me giré al gorila- Ya sabes quién soy. Yo siempre pago mis deudas- intenté persuadirle.

-Mira tío, me enfrento con tipos como tú todos los días. Me importa un carajo que vengas aquí noche tras noche: el dinero es el dinero y lo primero es lo primero, así que no hay Margot sin dinero.

-¿Cuánto me pides por verla?

-500.

-¿¡500!? Es una estafa.

-No lo es, amigo, y tú lo sabes.

Rebusqué en mi cartera. Encontré la que un día había sido mi tarjeta de crédito. Con suerte habría los 500 euros que me pedía. Nunca una mujer me había salido tan cara.

-Mira a ver cuánto hay aquí.

Le tendí la tarjeta al gorila. La chiquilla de los labios churretosos me miraba con desprecio. No le sostuve la mirada. Yo también me arrepentía.

-Solo tienes 300 euros- me dijo el gorila.

-Querido, cóbrale 100. Haré una excepción con él.- la voz de Margot se presentó clara a mi espalda. Yo me giré a mirarla- Siempre es agradable recibir a fans tan entregados.- su apenas perceptible acento francés volvió a revivir mi entrepierna. Y eso que era aún más fea de cerca, pero yo todo lo que podía ver era un cuerpo voluminoso y una voz que pedía a gritos hacer el amor.

El gorila me cobró los cien euros y me devolvió la tarjeta a regañadientes.

-No le atiendas toda la noche, Margot. Puede que tengas que volver a cantar.

Ella asintió con la cabeza y me cogió de la mano.

-Vamos a mi camerino, ¿verdad, guapo? Así te firmo un autógrafo- me dijo mientras se reía. Yo era un muñeco en sus manos, una rata siguiendo al flautista de Hamelín, un marinero tras los pasos de una sirena.

Margot me llevó detrás del escenario, esquivando las maderas que sostenían toda la infraestructura, hasta que en el fondo vimos una puerta blanca. Tenía un letrero en la puerta. Margot la abrió y me hizo pasar. Estaba oscuro y olía a humedad. Ella entró detrás de mí y cerró la puerta. Escuché su respiración en la oscuridad y me giré a por ella. Margot encendió la luz y nos encontramos cara a cara.

-Bienvenido a mi pequeña habitación.- me obligó a girarme y mirar el cuarto. Estaba bastante concurrido por la cantidad de objetos que contenía: había una cama deshecha al fondo con sábanas que en su día fueron blancas y que ahora eran más bien amarillas. A su lado había un tocador lleno de maquillaje con un espejo sobre el que colgaba una bombilla desnuda, sin lámpara ni mampara. A ambos lados había cajas repletas de ropa: con lentejuelas; con plumas; con lazos de terciopelo, de raso; sombreros, zapatos. Todo estaba distribuido como si hubiera habido una explosión dentro de la habitación.

Margot me rodeó y se sentó en el tocador. De uno de los cajones sacó un cigarro y una cerilla. Me ofreció la caja pero yo me negué. Se quedó sorprendida. Siguió sentada, fumando y midiéndome con la mirada. Yo continuaba de pie.

-Bueno, ¿te gusta como canto?

-Me encanta.

-Nunca me habían pedido otra canción.- dijo con una sonrisa cómplice.

-No lo creo.

-Es cierto. En estos antros los hombres no suelen prestarme mucha atención.

-Eso es porque no saben apreciar lo que tienen delante.

Ella volvió a reírse. No dejaba de mirarme.

-Me gustas. Tienes un algo diferente, un algo que me da miedo y que me atrae.- Margot se puso de pie. Yo la cogí por la cintura y la atraje hacia mí.- Mucho, muchísimo.

La besé. Era una cortesana. Lo hacía bien, muy bien. Por supuesto que sabía cómo hacerlo, era su trabajo. Quería preguntarle miles de cosas: qué hacía allí, por qué no era cantante profesional, cómo era posible que tuviera aquella voz. Sin embargo las palabras estaban de más en aquel lugar, en aquel momento. Era un insulto el desaprovechar un momento como ese.

Le arranqué el vestido. Dejé que el fuego me consumiera y nos envolviera a ambos.

-Canta, canta para mí.- le pedí en un susurro.

Ella comenzó a cantar con voz jadeante y entrecortada una de sus cancioncillas francesas. Toda la fealdad de su cara había desaparecido, tenía a toda una diosa entre mis brazos; entre sus piernas, todo un tesoro; y esa voz, esa voz que era puro deseo y puro placer. Le prendimos fuego a la habitación.

Margot yacía tumbada a mi lado, dormida y desnuda, exhausta. Yo acariciaba su garganta. El silencio era un tormento, quería volver a escucharla. Miré el rostro de Margot. Pero qué fea era. No era justo que una persona tan fea tuviera una voz tan bonita. Y sin saber por qué, empecé a enfadarme. Pensé en la niña que me había servido aquella noche: ella sí que era guapa, pero su voz era horrible. ¿Por qué la vida tenía que ser tan injusta? Esa voz que ahora estaba apagada, ¿por qué estaba apagada? ¿Por qué no podía seguir sonando? ¿Por qué no podía pertenecer a otra persona, a alguien más? ¿Por qué todo tenía que acabar?

Me estaba poniendo furioso. Mis caricias se habían vuelto arañazos. Margot se despertó.

-¿Qué haces, mon amour?

Mi puño se cerró sobre su garganta. Ella quiso gritar, pero le faltaba el aire. Apreté su garganta mientras ella forcejeaba sin éxito. De pronto mi cabeza me recordó que yo no quería constreñir esa voz, si no que quería liberarla. Solté a Margot, que se desplomó inconsciente sobre la cama. Me acerqué al tocador y me puse a rebuscar. Encontré unas tijeritas. Estaban afiladas. Servirían.

Cogí a Margot por el pelo. La marca de mis dedos brillaba roja en su cuello. Sus lágrimas habían mojado la cama. Casi podía saborear su miedo. Qué pena que no pudiera mirarme en aquel momento.

-Canta, canta, pajarillo. Canta ahora- Separé las tijeras y las blandí como si fueran una hoja de afeitar. Rasgué su cuello como si fueran las cuerdas de una guitarra, la sangre saliendo a borbotones. Canturreé una cancioncilla, imitando el estilo de Margot. Estaba liberando su voz, estaba dejando que volara libre por el mundo para que todos pudieran apreciarla. Podía verla salir a través de la herida abierta, a través de la cabeza desprendida de Margot. Había acabado con la única imperfección de aquella perfecta voz: la horrenda cara de Margot estaba ahora contra el suelo, donde nadie podría mirarla. Sonreí ante mi obra perfecta. Yo también sabía hacer arte. El mundo me agradecería haber liberado la maravillosa voz de Margot de aquel cuerpo feo y caduco. La música me envolvía, volaba libre, me llevaba con ella; atravesaba las sábanas manchadas de sangre y el cuerpo que yacía muerto en ellas. Ya no era quien era, ya no era nadie, salvo aquel sonido, que me había robado la cabeza.

Mi invisible

Ahí estás tú,

encerrado en tus sueños sin querer hablar.

Aquí estoy yo,

atrapada en palabras que no acierto a pronunciar.

Allí estamos los dos,

cara a cara y frente a frente

-sin atrevernos a mirar.

¿Quién iba a entender mejor el silencio

si somos nosotros quiénes lo mantenemos?

¿Cómo iban a saberlo,

si solo nosotros guardamos el secreto?

Porque en todo lo que callas

y en cómo lo callas,

reside mi alma en cada palabra.

Tú siempre serás tú,

tú siempre tendrás la razón;

tú serás todo lo que no soy yo,

todo aquello que me falta

y que solo tú llenas.

Mi invisible,

mi mitad.

Con las sábanas desordenadas

Tu olor prendido en mi almohada

tras la última batalla…

El frío solitario en la lejanía de tus labios;

la terrible impaciencia por no estar a tu lado.

La loca de necesidad de tenerte cerca.

El vacío de no saber qué hacer.

Si nuestro amor es tan fuerte como dices,

encontrará entonces el camino de vuelta

a casa. Siempre a casa,

a tus brazos, dentro de mi cama.

Con la luz apagada,

contando los latidos

y soñando los mismos sueños

que jamás osamos soñar.

De poder hacerlo, jamás te echaría de menos…

Mi perfecta mitad.