Ola de calor

Llegó entonces el calor y decidió quedarse.

El verano irrumpió en una colosal ola de altas temperaturas y tardes en casa (a ver quién sale ahora sin botella de agua…). Cada mañana me levantaba a mirar por la ventana con la esperanza de encontrar una brizna de aire. Pero se resistía…

Los días se volvieron perezosos y el asfalto rezumaba calor. Era sentarse y empaparse. Era soñar con el invierno y creerlo imposible. Era salir a la calle y entrar en cualquier parte -con tal de sentir un poco de aire acondicionado…

Era Madrid a cuarenta grados a la sombra. Era el calor abrasador y destructor. Era mi cerebro intentando pensar: fatigado, perezoso y descontento. Siempre enfadado y siempre cansado. Era mi musa en la playa; eran mis ganas derretidas; era mi futuro en la ducha. Era un delfín en la ciudad, luchando entre las obras.

Eran los días todos iguales, con noches eternas y sábanas arremolinadas a los pies de la cama. Eran dos mil ovejas contadas antes de dormir. Eran las tres de la tarde y las persianas bajadas como si te fueras a ir a la cama. Era el tedio más profundo, la sangre caliente del Mediterráneo -que sólo nosotros conocemos

Era la ola de calor más cruel de los últimos veinte años. Era el efecto invernadero en todo su esplendor.

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