Deja que te lo explique…

Realmente nunca aprendí a pedir perdón ni a perdonar. Y mucho menos a olvidar. En estos casos, las palabras no sirven de nada; son meros actos formales que intentan cubrir lo que siento en lo más hondo de mi ser: rencor. Oh, sí. Ya sé que suena terrible, pero no por ello es menos cierto.

Cuando una persona en la que he confiado y a la que he apreciado me hace daño, hace que las cosas se pogan muy feas. Es entonces realmente difícil restaurar la confianza ultrajada y el cariño ridiculizado. Supongo que es una cuestión de orgullo (y yo, por desgracia, tengo mucho). Es algo que no puedo evitar y en lo que tengo que trabajar.

Lo mismo sucede cuando hay que pedir perdón. ¡Cómo tiembla la voz entonces! ¡Cómo huyen despavoridas las palabras, dejándote solo en la estacada! Arrepentimiento ha sido siempre una palabra que he encontrado bastante molesta. Supongo que tiene que volver a ver con el orgullo. Sin embargo, hay que señalar que errar (y reconocerlo) es de sabios, y la tranquilidad, la paz y el alivio que te supone pedir perdón y ser perdonado no tiene comparación.

Así que, antes que verme acorralada por los remordimientos o por el rencor, tengo que tragarme el orgullo y hacer algo sorprendentemente difícil, pero tremendamente reconfortante:

Te pido perdón por no haberte entendido

y te perdono porque me hayas herido. 

¿Podemos ya volver a ser amigos?

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