El ancho mar de los Sargazos

Me topé con este libro de pura casualidad.

Un día estaba leyendo curiosidades literarias en internet y descubrí esta “precuela” de Jane Eyre, y yo, como admiradora ferviente que soy de las hermanas Brönte, me lancé a su búsqueda. Sin embargo, y como nos suele ocurrir bastantes veces, tenía tantos libros que leerme antes, que lo dejé en la lista de libros pendientes.

Unas semanas más tarde, cuando estaba visitando a una amiga en Santander, lo distinguí en la estantería de su salón. Lo cogí con curiosidad y le conté a mi amiga lo que sabía sobre él. “Cógelo si quieres. Es de mi madre, pero seguro que te lo presta”, me dijo con una sonrisa. Así fue como llegó a mis manos este libro tan extraordinario.

El ancho mar de los Sargazos cuenta la historia de Antoinette Cosway, la primera mujer del señor Rochester (aunque el nombre de éste último no llega a aparecer nunca expresamente), una bellísima y misteriosa criolla jamaicana. Tras pasar una infancia muy difícil e inestable, debatiéndose entre los modales colonos de su familia británica y el misticismo de los isleños, Antoinette se casa con un noble inglés del que apenas sabe nada y del que recela. Tras una temporada feliz, pronto empiezan a circular rumores sobre el extraño comportamiento de la esposa criolla, que, como su madre, padece una rara enfermedad mental.

Toda la obra rezuma una sensibilidad exquisita y un delicado gusto por los sentimientos individuales de sus personajes, que intentan entender sus cambiantes estados de ánimo en unos paisajes totalmente idílicos. Confundidos por el calor asfixiante de Martinica, la línea entre la realidad y los sueños parece volverse inexistente. Jean Rhys mezcla además la santería isleña y las supersticiones populares para darle un matiz a la obra aún más sobrenatural. Con un romanticismo con ciertos toques góticos, Rhys entremezcla el amor y la muerte como dos realidades que no pueden entenderse separadas, y que terminan por llevar a la locura a la protagonista.

El narrador se intercala en primera persona entre Antoinette y el señor Rochestar sin previo aviso, lo que a veces dificulta un poco el seguimiento del libro. Además, toda la trama está construida en base a recuerdos y hay muy pocos “momentos actuales”, lo que intensifica la sensación onírica que impregna toda la novela.

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Jean Rhys, autora de la obra

La propia Jean Rhys, autora de la novela, tuvo una vida azarosa y complicada, casi como la de su protagonista. Nació en Dominica en 1890, de padre galés y madre criolla de origen escocés. Con dieciséis años se trasladó a Inglaterra, y allí vivió el mundo bohemio de la época, trabajando como modelo, actriz y corista. Su primera colección de cuentos apareció en 1927, y fue seguida por otras cuatro novelas que pasaron sin pena ni gloria. Rhys entonces desapareció de la vida pública y vivió en el más absoluto anonimato, hasta que en 1966 apareció El ancho mar de los Sargazos con la que se ganó la admiración del público y la crítica.

Como siempre, os dejo algunos de mis pasajes favoritos, para despertar un poco la curiosidad lectora en vosotros 🙂

“-Ojalá pudiese morir. Ahora que soy feliz. ¿Me ayudarías? No tendrías que matarme. Pídeme que me muera y moriré. ¿No me crees? Haz la prueba, pídeme que me muera y mira cómo muero.

-¡Muere, entonces! ¡Muere!- La vi morir muchas veces. A mi manera, no a la suya. Al sol, a la sombra, a la luz de la luna y a la luz de una vela. En las tardes tan largas, cuando la casa estaba vacía. Solo el sol nos acompañaba. Cerrábamos los postigos para que no entrase en casa. ¿Por qué no? Muy pronto ella empezó a estar tan ávida como yo de eso que se llama amor…, más perdida y ahogada después.”

“Ella dijo que amaba este lugar. Será la última vez que lo vea. Esperaré una lágrima, una lágrima humana. No esa odiosa cara de luna llena sin expresión alguna. Escucharé… Tal vez diga adiós, o adieu. Adieu, como en esas canciones antiguas que canta. […] Si dice eso, o si llora, tomaré entre mis brazos a mi lunática. Está loca, pero es mía, mía. No me importarán los dioses ni los diablos, ni siquiera el destino. Si sonríe o si llora o ambas cosas. Para mí.”

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Domingo

Todos los domingos tienen algo de depresivo.

Incluso los de vacaciones. La sola mención de la palabra “domingo” siempre suele producir algún que otro suspiro. Como si fuera un castigo. Domingo. Ahora me toca hacer todo lo que el viernes dije que haría el sábado, y todo eso que el sábado ni siquiera intenté hacer. Y ahora estamos cara a cara tú y yo, domingo. Y me toca sentarme en la mesa a enfrentarme a la pila de libros que tengo delante. No sé ni por dónde empezar.

La ventana abierta deja entrever el sol y el limpísimo cielo azul. Es como si la alegría misma se colara por mi ventana. Mi cabeza empieza a divagar y me pongo a pensar en todas las cosas que podría hacer si no tuviera que estar aquí sentada. Entonces tengo que bajar un poco la persiana y cortarle el paso a esa brillante alegría que me trae el suave viento por la ventana…

Balance de vacaciones

Siempre he tenido una cierta obsesión con el tiempo.

A medida que vas creciendo el tiempo se va relativizando, y lo que antes te parecía eterno, de pronto se vuelve instantáneo. La pobre conciencia del tiempo que tienen los niños contrasta de una forma terriblemente irónica con la que tienen los adultos: los primeros quieren que pase lo más rápido posible para poder ser mayores cuánto antes; mientras que los segundos desean con todas sus fuerzas que se ralentice, y echan la vista atrás pesando en todo aquel tiempo que desaprovecharon.

Y ahí yace mi obsesión: cada día que vivimos es único en sí mismo. Nunca va a volver a haber un 6 de Septiembre de 2015. Nunca voy a ser la misma que soy hoy, ni a sentir lo mismo que siento hoy, ni a pensar lo que estoy pensando hoy, porque, ¿quién sabe lo que traerá mañana?

Es por esto que, cuando llegan las vacaciones, me hago el firme propósito de invertir el tiempo lo mejor posible. Así que me hago una lista de cosas que quiero hacer e intento llevarla a cabo cada día. Está comprobado que este método sólo funciona los tres o cuatro primeros días, ya que enseguida empiezan a surgir imprevistos, o simplemente hace demasiado calor como para salir, o estoy demasiado cómoda haciendo nada como para hacer algo.

Entonces mi conciencia se despierta y empieza a acusarme: “No estás aprovechando el día”, me reprocha, “y tienes que hacer que cada día cuente, porque cada uno es único e irrepetible”.

He tardado mucho en darme cuenta que el tiempo no se pierde nunca, solo se invierte mal. Y es inevitable mal invertirlo en algunas ocasiones (a veces escapa a nuestra voluntad), pero el tiempo es propiedad de cada uno, y cómo lo invertimos es responsabilidad nuestra.

Hacer algo extraordinario cada día no quiere decir que tengas que descubrir la cura para el cáncer o escribir una novela, puede ser simplemente encontrarte con un viejo amigo, probar algo nuevo o hacer feliz a alguien.

Cuando pienso en cómo he pasado las vacaciones (y en lo rápido que han pasado) no me arrepiento por no haber cumplido todos los objetivos de mi lista (no hablo mejor alemán, ni he aprendido más canciones con la guitarra y, por desgracia, no he leído todos los libros que me había propuesto), pero no me arrepiento de nada de lo que he hecho: he visto muchos lugares nuevos, he conocido a muchas personas y he visto otras costumbres; he pasado más tiempo en familia y estrechado lazos con ellos; me lo he pasado en grande con mis amigas; he reflexionado mucho con una cerveza en la mano; me he perdido y me he encontrado en medio del bosque; he leído mucho y he soñado aún más; he sido muy feliz, y también algo triste; he probado platos nuevos; he comprado muchos souvenirs; e incluso, a veces, he hecho feliz a alguien.

No, no han sido unas malas vacaciones.

He conseguido liberarme un poco de mi obsesión con el tiempo, porque he aprendido que si lo importante es vivir, entonces vivamos de la mejor manera posible haciendo que cada día cuente con un algo nuevo, pequeño y extraordinario.