La muerte encapsulada

La muerte encapsulada fue el mayor invento del siglo. Hay quiénes fueron más allá y dijeron que incluso del milenio, pero claro, aún no habíamos llegado ni al 2500, por lo tanto, es posible que exageraran. Nadie sabe muy bien cómo empezaron a investigar algo como aquello, supongo que fue como todos los grandes inventos: un poco de trabajo y mucha casualidad. Probablemente los alemanes de aquel laboratorio estuvieran buscando la cura para el cáncer cuando se cargaron a una rata y luego ésta revivió milagrosamente. Tras diversos experimentos con otros animales descubrieron que era viable “morirse” unas horas y luego volver a la vida como si nada. Por supuesto, la historia que le contaron a la prensa no tiene nada que ver con esta, pero así es como me lo he imaginado yo. Lo que en su momento contaron a los medios era una patraña como una casa.

Una tarde de otoño presentaron oficialmente la muerte encapsulada. Era la solución definitiva contra el estrés, porque claro, en un mundo como el nuestro, globalizado, interconectado, siempre en movimiento y nunca satisfecho, ¿quién no padece de estrés? Aquello fue una revolución. La gente se volvió completamente loca. Aún estaba en periodo de prueba, pero las farmacéuticas vieron una oportunidad de oro para enriquecerse y comenzaron a comercializarlo con un minúsculo prospecto en el que se advertía de todo lo que podía causar: daño cerebral irreparable, pérdidas de consciencia, mareos, vértigos, migrañas… Y en una letra aún más pequeña podía leerse: Nunca se ha probado en humanos.

Claro que, tampoco hubo que esperar mucho para eso. La primera persona que lo probó fue un hombre de cuarenta años; creo que se llamaba Hans o algo así, algo muy alemán. Era consultor en una de las más grandes empresas del país. Bebedor y fumador habitual, padecía de insomnio desde hacía años y la muerte encapsulada era lo mejor que le podía pasar. Fue él quien contactó con la farmacéutica que inventó las pastillas para morirse momentáneamente. Se ofreció voluntario, vaya, y tras hacerle firmar un montón de papeles en los que se exculpaba a la empresa de cualquier responsabilidad por lo que pudiera pasar, se sometió a la prueba. Huelga decir que fue un éxito. Así fue como la muerte encapsulada se convirtió en el mayor invento del siglo.

Por aquel entonces yo trabajaba en la prensa, por eso sé bien todo lo que pasó. La prueba que le hicieron al tal Hans fue emitida por televisión días después de que se pusieran a la venta las cápsulas. Si el video fue manipulado, nunca se demostró. Era un trabajo muy bien hecho. Durante tres horas, los espectadores de todo el mundo asistimos perplejos a cómo el sujeto en cuestión ingería las cápsulas y caía fulminado como si le hubiera atravesado un rayo. Poco a poco fue perdiendo color, y sus constantes vitales se extinguieron. Todos contuvimos la respiración. Los médicos se mostraban sonrientes y seguros. Tras el largo periodo de inactividad, las constantes vitales volvieron poco a poco. Tardó una hora más en reanimarse por completo. No hizo falta que los médicos intervinieran. Hans despertó como de un dulce sueño, relajado y sonriente. Los medios acudimos en tropel a la farmacéutica. Todos queríamos saber cómo era posible.

El director de la empresa, un tipo pomposo y con bigote, como solo los tipos con bigote pueden ser, salió muy pulcramente vestido a darnos explicaciones: “Es simple” dijo con una sonrisa que no le entraba en la cara, “hemos superado a Dios y al doctor Frankenstein”. Todo el mundo le rio la gracia menos yo. “Éste es un proyecto en el que llevamos varios años trabajando. Hemos investigado y arriesgado mucho, pero por fin podemos ofrecerle a la sociedad aquello que necesita para desconectar del mundo, el último antidepresivo menos agresivo: la muerte temporal en monodosis”. La carcajada volvió a ser unánime. No hubo más explicaciones, por eso yo soy más partidario de la historia de la rata. Fue una de esas cosas que te crees porque quieres creértela. Había muchos escépticos, claro está, pero es difícil resistirse a las modas. Y aquello se extendió como una pandemia.

La muerte se trivializó hasta tal punto que la gente dejó de sentirse triste cuando sus parientes y seres queridos se morían de verdad. Era muy fácil confundir la realidad cuando algo tan inmutable como la muerte, se desmitificaba y se ponía en jaque su alcance. Llegó un punto en el que era habitual ponerse de estado en el WhatsApp o en el Facebook: “Estoy muerto. Volveré en tres horas”. A la gente le hacía hasta gracia. Fueron tiempos muy felices para las farmacéuticas, incluso la gente era más feliz. Yo llegaba a la redacción por las mañanas y siempre me encontraba al redactor jefe tendido como un muñeco roto sobre la mesa. Se ponía color ceniza y se le agarrotaban los músculos. No sé en qué momento dejó de asustarnos la muerte. Dos horas después, se presentaba en mi mesa, rojo como una langosta y con una sonrisa de oreja a oreja. Ya nadie fumaba compulsivamente, ni casi se bebía los fines de semana. Las ventas de alcohol, tabaco e incluso chocolate caían en picado. Pero nadie parecía darse cuenta. Todos estaban felicísimos con sus chutes de muerte.

Por supuesto, todas estas situaciones idílicas tienen un final. Y suele ser bastante trágico y prematuro. Las cápsulas de muerte no llevaban un año en circulación cuando se empezaron a dar los primeros casos de adicciones. Como nadie sabía muy bien cuáles eran sus efectos a largo plazo, resultó que la muerte se volvió más adictiva que cualquier otra droga que hubiera en el mercado. Los periodos de muerte duraban una media de tres horas, pero había gente a la que solo les duraba una, o que incluso podían llegar a las cinco horas. Los yonquis de la muerte necesitaban desconectar por lo menos tres veces al día, lo que podía suponer unas nueve horas diarias. Esto era nefasto, porque no sólo se destruía su vida laboral, sino también su vida personal. Y cuánto peor se ponía la cosa, más necesitaban ellos la droga. Los casos de muerte por sobredosis empezaron a sucederse.

Las farmacéuticas intentaron mantenerlo en secreto todo el tiempo que pudieron, pero como las tabacaleras estaban sobrevolándoles como buitres, no tardaron en destaparlo. Fue hasta irónico que, el primero que había probado la muerte encapsulada, fuera también uno de los primeros en morir. Ojalá que las adicciones hubieran sido lo único malo de aquellas pastillas.

Los efectos secundarios también empezaron a manifestarse. El uso recomendado de las pastillas era una al día, dos por prescripción médica. Como todo lo nuevo que sale y sobre lo que no se sabe en exceso, los médicos las recetaron alegremente a todos aquellos pacientes con depresión o con graves problemas de estrés. Pero, ¿cómo puedes detener a la gente cuando las drogas son nuevas y legales? Aquello fue la ley de la jungla y la gente ingería lo que le daba la gana. Así fue como la realidad empezó a distorsionarse. La gente se desmayaba en cualquier parte. Caían inconscientes como polillas a la luz del sol; o perdían la noción del tiempo y del lugar, y se movían como zombis, haciendo eses y sin ser capaces de articular una sola palabra.

Cómo iban a saber que aquellas muertes momentáneas lo que hacían en realidad, era robarles poco a poco la vida. Mientras ellos estaban muertos, su cuerpo se iba descomponiendo. Así fue cómo la población mundial comenzó a envejecer prematuramente. Y no sólo eso. Ya casi no importaba la política, o la economía, o las guerras en otros países, porque lo único que importaba era la guerra que se estaba librando dentro de la propia humanidad. Habíamos alcanzado el mayor grado de locura de una especie: la muerte en cápsulas había iniciado el camino hacia la destrucción de nuestra raza. Y todo había sido obra nuestra, como no podía ser de otra forma.

Yo sólo morí una vez. Fue una de las experiencias más extrañas de toda mi vida. Fue como caer en el vacío. Todo estaba oscuro y no sentía nada, no podía pensar en nada. Estaba como suspendido en la negrura de una noche eterna. Cuando desperté, todo se había desvanecido. Las sensaciones fueron volviendo poco a poco a mí. La vista, el oído, el tacto, un gusto amargo, como de sequedad absoluta… Y todo aquello que me preocupaba tanto, ahora parecía algo lejano y patético. Así fue como descubrí, que lo que de verdad le gustaba a la gente de morirse, era la adrenalina de haber sobrevivido después. Una vez que has vencido a la muerte, ¿qué puede preocuparte entonces? No hay nada contra lo que no puedas luchar. Ojalá no se hubieran equivocado. Eso nos habría ahorrado los millones de personas que de verdad murieron por aquellas cápsulas, y los otros cientos de miles que se quedaron atrapados a medio camino, como el señor Valdemar de Poe, únicamente anhelando alcanzar el fin.

No volví a probar la muerte. Era demasiado fácil. Era hasta hermosa. Pero no era real. Aquello era lo más irreal que podía imaginar. Se destruyeron todas las cápsulas que había, e incluso se quemaron las fórmulas y los documentos de la investigación. Se juzgó y se ajustició severamente a los responsables de la epidemia. Los gobiernos de todos los países exigieron a las farmacéuticas que hallaran una cura para las cápsulas, una solución para la situación en la que nos hallábamos. Para entonces, la muerte era ya una realidad más que patente a nuestro alrededor. Ya nadie gastaba bromas en sus perfiles de las redes sociales. La muerte recuperó su anterior estatus de solemnidad y tragedia. Ya no había marcha atrás.

Así fue como terminaron mis días en la prensa antes de recluirme en esta casa desde la que escribo estas últimas páginas. Mi última noticia fue la del suicido del responsable de la investigación para hallar un antídoto. El pobre diablo sabía que no había nada que hacer. Igual que lo sé yo. Por eso decidí marcharme y dejar al mundo sumido en su propia locura y en su horror. Nadie hubiera imaginado un final así para la humanidad, pero mentiríamos si dijéramos que no sabíamos que nosotros íbamos a ser los responsables. No fueron las armas nucleares, ni las guerras o la superpoblación de la Tierra, sino nuestro orgullo y nuestro afán por demostrar que somos la raza superior la que nos llevó a la destrucción.

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