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Vendrán a caer las sombras sobre nosotros

y nos encontrarán aquí sentados:

uno frente al otro,

en esta casa que es nuestra casa

y que tú puedes llamar hogar.

Aquí estaremos, cuando

la noche venga a encontrarnos,

orgullosos y en silencio.

En este mundo que hemos creado,

-que es solo nuestro

y que solo contiene nuestros sueños-

hicimos de la soledad un reino

y de los besos un hogar.

La noche nos encontrará despiertos y sin miedo,

dispuestos a marchar;

cuando los fantasmas se hayan ido

y ya no queden más recuerdos que colgar,

nos sentiremos en silencio

transparentes ya;

en este mundo que hemos creado

y llamado hogar.

Cuando vengan las sombras

y caigan sobre nosotros,

tú podrás entonces mirarme

y llamarme hogar.

Julio

Me gusta la quietud de los días de verano, pero hay que tener cuidado para no terminar engullido por ella.

La suave brisa, el sol alto y amenazador, la pacífica sombra que te resguarda de todo mal… Es muy fácil perderse en un día de verano. La mente se vuelve plomiza y los pensamientos terminan por ralentizarse. Y es en esa quietud cuando recuerdos que creíamos desterramos vuelven a surgir de puntillas, quedamente; sensaciones que habíamos olvidado, de la infancia o incluso de más lejos, vuelven a asaltarnos, pero no buscan atormentarnos, sino llevarnos lejos, a la despensa de la memoria, donde guardamos lo más íntimo. No sé si solo me pasa a mí, pero en cuanto empieza a apretar el calor, se me va la cabeza y parezco un adorno más de la casa. Me encanta sentarme a cavilar y que pase el tiempo sin que me dé cuenta. En silencio, como si no quisiera molestar; como si no hubiera más público que mis pensamientos.

Y cuando despierto de este sueño con los ojos abiertos y miro el reloj, siempre me sorprendo de lo rápido que ha pasado el día, pero me excuso a mí misma diciendo que, en absoluto, ha sido un día perdido.

¡Larga vida a los meses de verano y a su beatífica influencia! 😀

Feliz mes de julio a todos