Partner in crime

Tú, que conoces todos mis sueños

y eres la respuesta a todas mis preguntas;

tú, que eres mi ritmo en el vals

y mi pareja de juego.

Tú que eres mi mitad,

y más de la mitad de mis pensamientos:

coge mi mano y sal a bailar.

Tú que todo lo entiendes

y que me ves transparente;

salvas las distancias

y en un segundo te plantas en mi cama

-cada noche, al despertar.

Tú que todo lo eres,

sé también mi cómplice en todos los crímenes

y en todos los amaneceres.

Recuerdos del verano

Todavía es pronto para decir que el verano ha terminado, y no sólo por las altas temperaturas, sino porque yo sigo en suspenso, como si fuera un ordenador hibernando.

Ha sido un verano largo, el calor dilata el tiempo y éste parece extenderse sin fin. Ya casi no recuerdo cuándo empezó. Lo mismo me pasaba cuando era una niña y me iba los tres meses de vacaciones a la casa de mi abuela en el pueblo. Al cabo de una semana ya me sentía totalmente integrada y los días pasados en el colegio comenzaban a volverse difusos y mis compañeros eran sustituidos por los niños que vivían allí. Todo mi mundo entonces se centraba en la realidad que me rodeaba.

Lo mejor era que los días parecían tener 48 horas y te daba tiempo a hacer de todo, hasta aburrirte dos veces al día. La peor parte siempre era la terrible espera de la digestión después de comer: había que pasar religiosamente dos horas (que solían coincidir siempre con las de más calor) con las persianas bajadas para que no te diera un chungo, o bien viendo la telenovela con mi abuela (porque ella era la jefa del mando), o bien, echándome la siesta. Durante esas dos horas el mundo parecía ralentizarse y todos caíamos bajo ese agradable sopor producido por la digestión y las altas temperaturas. Pero, en cuanto el reloj daba las seis, saltaba del sofá y salía fuera a jugar, y el mundo parecía reiniciarse conmigo.

Es curioso cómo éramos antes. Mis hermanos y yo nos pasábamos horas en la calle jugando a cualquier cosa con cualquier cosa: al pilla-pilla, a la pelota, al escondite (que me ponía horriblemente de los nervios)… Andábamos de un lado para otro sin un destino fijo pero siempre con una idea en mente (aunque, ¡ojo!, no siempre eran “buenas” ideas). Y, sin embargo, ahora los niños no salen a la calle más que para jugar al PokemonGo o para ir a casa de un amigo a jugar a la consola. Es una pena que no desarrollen su imaginación ni que jueguen a ser policías persiguiendo a ladrones, o exploradores o piratas… Yo no quiero una realidad virtual, yo quiero la realidad que nosotros mismos podemos crear a través de las palabras y a través de nuestra imaginación.

El verano siempre ha tenido un poder especial para hacerme soñar. Quizás en esos largos días de verano pasados en pleno campo haya tenido lugar el germen que ahora me empuja a escribir y a inventar historias. Quizás todo se deba a un sueño de verano.

Por fortuna o por desgracia, septiembre era el mes que terminaba rompiendo el letargo: la vuelta a casa y el reencuentro con los compañeros y con mi día a día en el colegio. Éste verano también ha sido un verano plagado de sueños, he estado bastante desconectada y lejos de mi vida aquí, en Madrid. Ahora llega septiembre, pero no amenaza con llevárselo todo, sino con mantenerlo. Parece que el otoño se resiste a llegar, así que quizás podemos darnos la vuelta en la cama y seguir soñando…