Domingo

Todos los domingos tienen algo de depresivo.

Incluso los de vacaciones. La sola mención de la palabra “domingo” siempre suele producir algún que otro suspiro. Como si fuera un castigo. Domingo. Ahora me toca hacer todo lo que el viernes dije que haría el sábado, y todo eso que el sábado ni siquiera intenté hacer. Y ahora estamos cara a cara tú y yo, domingo. Y me toca sentarme en la mesa a enfrentarme a la pila de libros que tengo delante. No sé ni por dónde empezar.

La ventana abierta deja entrever el sol y el limpísimo cielo azul. Es como si la alegría misma se colara por mi ventana. Mi cabeza empieza a divagar y me pongo a pensar en todas las cosas que podría hacer si no tuviera que estar aquí sentada. Entonces tengo que bajar un poco la persiana y cortarle el paso a esa brillante alegría que me trae el suave viento por la ventana…

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Balance de vacaciones

Siempre he tenido una cierta obsesión con el tiempo.

A medida que vas creciendo el tiempo se va relativizando, y lo que antes te parecía eterno, de pronto se vuelve instantáneo. La pobre conciencia del tiempo que tienen los niños contrasta de una forma terriblemente irónica con la que tienen los adultos: los primeros quieren que pase lo más rápido posible para poder ser mayores cuánto antes; mientras que los segundos desean con todas sus fuerzas que se ralentice, y echan la vista atrás pesando en todo aquel tiempo que desaprovecharon.

Y ahí yace mi obsesión: cada día que vivimos es único en sí mismo. Nunca va a volver a haber un 6 de Septiembre de 2015. Nunca voy a ser la misma que soy hoy, ni a sentir lo mismo que siento hoy, ni a pensar lo que estoy pensando hoy, porque, ¿quién sabe lo que traerá mañana?

Es por esto que, cuando llegan las vacaciones, me hago el firme propósito de invertir el tiempo lo mejor posible. Así que me hago una lista de cosas que quiero hacer e intento llevarla a cabo cada día. Está comprobado que este método sólo funciona los tres o cuatro primeros días, ya que enseguida empiezan a surgir imprevistos, o simplemente hace demasiado calor como para salir, o estoy demasiado cómoda haciendo nada como para hacer algo.

Entonces mi conciencia se despierta y empieza a acusarme: “No estás aprovechando el día”, me reprocha, “y tienes que hacer que cada día cuente, porque cada uno es único e irrepetible”.

He tardado mucho en darme cuenta que el tiempo no se pierde nunca, solo se invierte mal. Y es inevitable mal invertirlo en algunas ocasiones (a veces escapa a nuestra voluntad), pero el tiempo es propiedad de cada uno, y cómo lo invertimos es responsabilidad nuestra.

Hacer algo extraordinario cada día no quiere decir que tengas que descubrir la cura para el cáncer o escribir una novela, puede ser simplemente encontrarte con un viejo amigo, probar algo nuevo o hacer feliz a alguien.

Cuando pienso en cómo he pasado las vacaciones (y en lo rápido que han pasado) no me arrepiento por no haber cumplido todos los objetivos de mi lista (no hablo mejor alemán, ni he aprendido más canciones con la guitarra y, por desgracia, no he leído todos los libros que me había propuesto), pero no me arrepiento de nada de lo que he hecho: he visto muchos lugares nuevos, he conocido a muchas personas y he visto otras costumbres; he pasado más tiempo en familia y estrechado lazos con ellos; me lo he pasado en grande con mis amigas; he reflexionado mucho con una cerveza en la mano; me he perdido y me he encontrado en medio del bosque; he leído mucho y he soñado aún más; he sido muy feliz, y también algo triste; he probado platos nuevos; he comprado muchos souvenirs; e incluso, a veces, he hecho feliz a alguien.

No, no han sido unas malas vacaciones.

He conseguido liberarme un poco de mi obsesión con el tiempo, porque he aprendido que si lo importante es vivir, entonces vivamos de la mejor manera posible haciendo que cada día cuente con un algo nuevo, pequeño y extraordinario.

Deja que te lo explique…

Realmente nunca aprendí a pedir perdón ni a perdonar. Y mucho menos a olvidar. En estos casos, las palabras no sirven de nada; son meros actos formales que intentan cubrir lo que siento en lo más hondo de mi ser: rencor. Oh, sí. Ya sé que suena terrible, pero no por ello es menos cierto.

Cuando una persona en la que he confiado y a la que he apreciado me hace daño, hace que las cosas se pogan muy feas. Es entonces realmente difícil restaurar la confianza ultrajada y el cariño ridiculizado. Supongo que es una cuestión de orgullo (y yo, por desgracia, tengo mucho). Es algo que no puedo evitar y en lo que tengo que trabajar.

Lo mismo sucede cuando hay que pedir perdón. ¡Cómo tiembla la voz entonces! ¡Cómo huyen despavoridas las palabras, dejándote solo en la estacada! Arrepentimiento ha sido siempre una palabra que he encontrado bastante molesta. Supongo que tiene que volver a ver con el orgullo. Sin embargo, hay que señalar que errar (y reconocerlo) es de sabios, y la tranquilidad, la paz y el alivio que te supone pedir perdón y ser perdonado no tiene comparación.

Así que, antes que verme acorralada por los remordimientos o por el rencor, tengo que tragarme el orgullo y hacer algo sorprendentemente difícil, pero tremendamente reconfortante:

Te pido perdón por no haberte entendido

y te perdono porque me hayas herido. 

¿Podemos ya volver a ser amigos?

Ola de calor

Llegó entonces el calor y decidió quedarse.

El verano irrumpió en una colosal ola de altas temperaturas y tardes en casa (a ver quién sale ahora sin botella de agua…). Cada mañana me levantaba a mirar por la ventana con la esperanza de encontrar una brizna de aire. Pero se resistía…

Los días se volvieron perezosos y el asfalto rezumaba calor. Era sentarse y empaparse. Era soñar con el invierno y creerlo imposible. Era salir a la calle y entrar en cualquier parte -con tal de sentir un poco de aire acondicionado…

Era Madrid a cuarenta grados a la sombra. Era el calor abrasador y destructor. Era mi cerebro intentando pensar: fatigado, perezoso y descontento. Siempre enfadado y siempre cansado. Era mi musa en la playa; eran mis ganas derretidas; era mi futuro en la ducha. Era un delfín en la ciudad, luchando entre las obras.

Eran los días todos iguales, con noches eternas y sábanas arremolinadas a los pies de la cama. Eran dos mil ovejas contadas antes de dormir. Eran las tres de la tarde y las persianas bajadas como si te fueras a ir a la cama. Era el tedio más profundo, la sangre caliente del Mediterráneo -que sólo nosotros conocemos

Era la ola de calor más cruel de los últimos veinte años. Era el efecto invernadero en todo su esplendor.

La culpa es mía

Yo, que nunca supe contar hasta diez y que nunca supe cómo explicarme, se me acaba la paciencia en esta eterna espera que desespera.

Siempre pidiendo perdón y permiso; siempre midiendo las palabras y contando los latidos; siempre intentando contentar a todos y haciendo infelices a muchos. Como si hubiera un camino, como si hubiera una solución. Como si hubiera un algo en esa inmensa nada que todo lo engulle y que no deja… nada.

¿Cuándo encontraré la forma de cambiar?

Sábado por la mañana

El lavabo estaba lleno de algodones desmaquillantes manchados. El maquillaje estaba desparramado por todo el baño. La luz del mediodía se colaba por las rendijas de la ventana. Los vasos delatores de la pasada noche seguían sobre la mesa del salón. Todavía seguían conteniendo alcohol, que desprendía un olor nauseabundo. La ropa caía sin vida por doquier.

Yo estaba tumbada en la cama, con la sábana enroscada en una pierna y la almohada doblada. No dormía, tenía los ojos abiertos como platos. El cerebro no me funcionaba muy bien, pero no me dolía. Mi cuerpo solamente estaba exhausto de cansancio, como si hubiera estado corriendo una maratón. Los fines de semana eran más una tortura que un descaso. Me giré a un lado y cerré los ojos, intentando recordar la noche. La sensación de unas manos que me envuelven, conversaciones susurradas al oído, unos ojos que me miran y saben lo que quieren. Me cubro la cara con las manos. Horror. Había besado a algún desconocido. Comprobé el móvil. Ahí había otra prueba. Un teléfono con un nombre desconocido.

Me giré hacia el otro lado, molesta conmigo misma. Si dicen que los borrachos no mienten, ¿está en cierta forma justificado que actuemos así: siendo de manera diferente, más desinhibida y liberal, porque así es como queremos realmente ser? No, me temo que solo es una excusa barata. Es una forma de ser libre durante unas horas, olvidarte hasta de tu nombre y ser cualquier persona anónima que mata a ratos su soledad con la compañía de algún desconocido al que probablemente nunca volverá a ver.

Me coloqué boca arriba. Pensar tanto después de una noche de fiesta hace mucho daño a la cabeza. No digo más que tonterías. O quizás no son tan tontas. Por la noche siempre es más difícil distinguir los detalles propios de una persona, su color de ojos, por ejemplo, pasa desapercibido; pequeños detalles que parecen poco importantes pero que, a la luz del día, quedan al descubierto. Es más fácil ocultar quién eres de noche que de día. Jugando al juego de las sombras, uno puede enmascararse e incluso cambiarse el nombre. Si nadie te conoce, ¿entonces qué más da?

Hasta los amigos cambian. El alcohol une, hace más amorosa a la gente. Aunque también puede volverla más violenta, solo que pocas veces contra los de su mismo grupo. Los sentidos quedan anulados y parecen mezclarse en uno solo, siendo común a todos la risa. Me apreté contra la almohada. ¿De qué sirven las risas pasadas si ahora me encuentro con los remordimientos? Los viernes por la noche tienen el común denominador de tener que pagar el olvido a un precio muy alto.

Las máscaras me salen muy caras.

Problemas de comunicación

No me gusta cuando me hablas del futuro, porque lo siento lejano y difuso y siento miedo de lo que pueda llegar.

No me gusta que te pongas serio y me digas que planeemos lo que no podemos planear: a diez años vista, sin tener en cuenta las vueltas que puede dar la vida. Y yo quiero decírtelo todo, pero no sé cómo.

Y la distancia crece entre nosotros.

Me frustro y me encierro en la comodidad del silencio, rebuscando palabras en mi cerebro que se alejan escurridizas y me dejan frente a ti, frente al abismo que nos separa.

Y entonces ya es tarde para volver atrás.

Los dos guardamos silencio y una amenaza se cierne sobre nosotros… Tú que no me entiendes porque no me sé explicar… Yo que te malinterpreto y no sé adónde quieres llegar.

Si al menos pudiéramos sortear la distancia a base de besos…