La muerte encapsulada

La muerte encapsulada fue el mayor invento del siglo. Hay quiénes fueron más allá y dijeron que incluso del milenio, pero claro, aún no habíamos llegado ni al 2500, por lo tanto, es posible que exageraran. Nadie sabe muy bien cómo empezaron a investigar algo como aquello, supongo que fue como todos los grandes inventos: un poco de trabajo y mucha casualidad. Probablemente los alemanes de aquel laboratorio estuvieran buscando la cura para el cáncer cuando se cargaron a una rata y luego ésta revivió milagrosamente. Tras diversos experimentos con otros animales descubrieron que era viable “morirse” unas horas y luego volver a la vida como si nada. Por supuesto, la historia que le contaron a la prensa no tiene nada que ver con esta, pero así es como me lo he imaginado yo. Lo que en su momento contaron a los medios era una patraña como una casa.

Una tarde de otoño presentaron oficialmente la muerte encapsulada. Era la solución definitiva contra el estrés, porque claro, en un mundo como el nuestro, globalizado, interconectado, siempre en movimiento y nunca satisfecho, ¿quién no padece de estrés? Aquello fue una revolución. La gente se volvió completamente loca. Aún estaba en periodo de prueba, pero las farmacéuticas vieron una oportunidad de oro para enriquecerse y comenzaron a comercializarlo con un minúsculo prospecto en el que se advertía de todo lo que podía causar: daño cerebral irreparable, pérdidas de consciencia, mareos, vértigos, migrañas… Y en una letra aún más pequeña podía leerse: Nunca se ha probado en humanos.

Claro que, tampoco hubo que esperar mucho para eso. La primera persona que lo probó fue un hombre de cuarenta años; creo que se llamaba Hans o algo así, algo muy alemán. Era consultor en una de las más grandes empresas del país. Bebedor y fumador habitual, padecía de insomnio desde hacía años y la muerte encapsulada era lo mejor que le podía pasar. Fue él quien contactó con la farmacéutica que inventó las pastillas para morirse momentáneamente. Se ofreció voluntario, vaya, y tras hacerle firmar un montón de papeles en los que se exculpaba a la empresa de cualquier responsabilidad por lo que pudiera pasar, se sometió a la prueba. Huelga decir que fue un éxito. Así fue como la muerte encapsulada se convirtió en el mayor invento del siglo.

Por aquel entonces yo trabajaba en la prensa, por eso sé bien todo lo que pasó. La prueba que le hicieron al tal Hans fue emitida por televisión días después de que se pusieran a la venta las cápsulas. Si el video fue manipulado, nunca se demostró. Era un trabajo muy bien hecho. Durante tres horas, los espectadores de todo el mundo asistimos perplejos a cómo el sujeto en cuestión ingería las cápsulas y caía fulminado como si le hubiera atravesado un rayo. Poco a poco fue perdiendo color, y sus constantes vitales se extinguieron. Todos contuvimos la respiración. Los médicos se mostraban sonrientes y seguros. Tras el largo periodo de inactividad, las constantes vitales volvieron poco a poco. Tardó una hora más en reanimarse por completo. No hizo falta que los médicos intervinieran. Hans despertó como de un dulce sueño, relajado y sonriente. Los medios acudimos en tropel a la farmacéutica. Todos queríamos saber cómo era posible.

El director de la empresa, un tipo pomposo y con bigote, como solo los tipos con bigote pueden ser, salió muy pulcramente vestido a darnos explicaciones: “Es simple” dijo con una sonrisa que no le entraba en la cara, “hemos superado a Dios y al doctor Frankenstein”. Todo el mundo le rio la gracia menos yo. “Éste es un proyecto en el que llevamos varios años trabajando. Hemos investigado y arriesgado mucho, pero por fin podemos ofrecerle a la sociedad aquello que necesita para desconectar del mundo, el último antidepresivo menos agresivo: la muerte temporal en monodosis”. La carcajada volvió a ser unánime. No hubo más explicaciones, por eso yo soy más partidario de la historia de la rata. Fue una de esas cosas que te crees porque quieres creértela. Había muchos escépticos, claro está, pero es difícil resistirse a las modas. Y aquello se extendió como una pandemia.

La muerte se trivializó hasta tal punto que la gente dejó de sentirse triste cuando sus parientes y seres queridos se morían de verdad. Era muy fácil confundir la realidad cuando algo tan inmutable como la muerte, se desmitificaba y se ponía en jaque su alcance. Llegó un punto en el que era habitual ponerse de estado en el WhatsApp o en el Facebook: “Estoy muerto. Volveré en tres horas”. A la gente le hacía hasta gracia. Fueron tiempos muy felices para las farmacéuticas, incluso la gente era más feliz. Yo llegaba a la redacción por las mañanas y siempre me encontraba al redactor jefe tendido como un muñeco roto sobre la mesa. Se ponía color ceniza y se le agarrotaban los músculos. No sé en qué momento dejó de asustarnos la muerte. Dos horas después, se presentaba en mi mesa, rojo como una langosta y con una sonrisa de oreja a oreja. Ya nadie fumaba compulsivamente, ni casi se bebía los fines de semana. Las ventas de alcohol, tabaco e incluso chocolate caían en picado. Pero nadie parecía darse cuenta. Todos estaban felicísimos con sus chutes de muerte.

Por supuesto, todas estas situaciones idílicas tienen un final. Y suele ser bastante trágico y prematuro. Las cápsulas de muerte no llevaban un año en circulación cuando se empezaron a dar los primeros casos de adicciones. Como nadie sabía muy bien cuáles eran sus efectos a largo plazo, resultó que la muerte se volvió más adictiva que cualquier otra droga que hubiera en el mercado. Los periodos de muerte duraban una media de tres horas, pero había gente a la que solo les duraba una, o que incluso podían llegar a las cinco horas. Los yonquis de la muerte necesitaban desconectar por lo menos tres veces al día, lo que podía suponer unas nueve horas diarias. Esto era nefasto, porque no sólo se destruía su vida laboral, sino también su vida personal. Y cuánto peor se ponía la cosa, más necesitaban ellos la droga. Los casos de muerte por sobredosis empezaron a sucederse.

Las farmacéuticas intentaron mantenerlo en secreto todo el tiempo que pudieron, pero como las tabacaleras estaban sobrevolándoles como buitres, no tardaron en destaparlo. Fue hasta irónico que, el primero que había probado la muerte encapsulada, fuera también uno de los primeros en morir. Ojalá que las adicciones hubieran sido lo único malo de aquellas pastillas.

Los efectos secundarios también empezaron a manifestarse. El uso recomendado de las pastillas era una al día, dos por prescripción médica. Como todo lo nuevo que sale y sobre lo que no se sabe en exceso, los médicos las recetaron alegremente a todos aquellos pacientes con depresión o con graves problemas de estrés. Pero, ¿cómo puedes detener a la gente cuando las drogas son nuevas y legales? Aquello fue la ley de la jungla y la gente ingería lo que le daba la gana. Así fue como la realidad empezó a distorsionarse. La gente se desmayaba en cualquier parte. Caían inconscientes como polillas a la luz del sol; o perdían la noción del tiempo y del lugar, y se movían como zombis, haciendo eses y sin ser capaces de articular una sola palabra.

Cómo iban a saber que aquellas muertes momentáneas lo que hacían en realidad, era robarles poco a poco la vida. Mientras ellos estaban muertos, su cuerpo se iba descomponiendo. Así fue cómo la población mundial comenzó a envejecer prematuramente. Y no sólo eso. Ya casi no importaba la política, o la economía, o las guerras en otros países, porque lo único que importaba era la guerra que se estaba librando dentro de la propia humanidad. Habíamos alcanzado el mayor grado de locura de una especie: la muerte en cápsulas había iniciado el camino hacia la destrucción de nuestra raza. Y todo había sido obra nuestra, como no podía ser de otra forma.

Yo sólo morí una vez. Fue una de las experiencias más extrañas de toda mi vida. Fue como caer en el vacío. Todo estaba oscuro y no sentía nada, no podía pensar en nada. Estaba como suspendido en la negrura de una noche eterna. Cuando desperté, todo se había desvanecido. Las sensaciones fueron volviendo poco a poco a mí. La vista, el oído, el tacto, un gusto amargo, como de sequedad absoluta… Y todo aquello que me preocupaba tanto, ahora parecía algo lejano y patético. Así fue como descubrí, que lo que de verdad le gustaba a la gente de morirse, era la adrenalina de haber sobrevivido después. Una vez que has vencido a la muerte, ¿qué puede preocuparte entonces? No hay nada contra lo que no puedas luchar. Ojalá no se hubieran equivocado. Eso nos habría ahorrado los millones de personas que de verdad murieron por aquellas cápsulas, y los otros cientos de miles que se quedaron atrapados a medio camino, como el señor Valdemar de Poe, únicamente anhelando alcanzar el fin.

No volví a probar la muerte. Era demasiado fácil. Era hasta hermosa. Pero no era real. Aquello era lo más irreal que podía imaginar. Se destruyeron todas las cápsulas que había, e incluso se quemaron las fórmulas y los documentos de la investigación. Se juzgó y se ajustició severamente a los responsables de la epidemia. Los gobiernos de todos los países exigieron a las farmacéuticas que hallaran una cura para las cápsulas, una solución para la situación en la que nos hallábamos. Para entonces, la muerte era ya una realidad más que patente a nuestro alrededor. Ya nadie gastaba bromas en sus perfiles de las redes sociales. La muerte recuperó su anterior estatus de solemnidad y tragedia. Ya no había marcha atrás.

Así fue como terminaron mis días en la prensa antes de recluirme en esta casa desde la que escribo estas últimas páginas. Mi última noticia fue la del suicido del responsable de la investigación para hallar un antídoto. El pobre diablo sabía que no había nada que hacer. Igual que lo sé yo. Por eso decidí marcharme y dejar al mundo sumido en su propia locura y en su horror. Nadie hubiera imaginado un final así para la humanidad, pero mentiríamos si dijéramos que no sabíamos que nosotros íbamos a ser los responsables. No fueron las armas nucleares, ni las guerras o la superpoblación de la Tierra, sino nuestro orgullo y nuestro afán por demostrar que somos la raza superior la que nos llevó a la destrucción.

El Hexágono

Llovía la noche en que me decidí a volver al bar. Hacía seis meses que no caía ni media gota de agua y, sin embargo, aquella noche todas las nubes negras se habían cernido sobre la ciudad, descargando toda su furia sobre nosotros. El olor a mojado del pavimento me reconfortó. El frío que empezaba a adherirse a mi piel me recordó que seguía vivo y que aún no había perdido del todo mi capacidad de sentir. Escuchar el sonido de la lluvia sentado solo en casa me deprimía demasiado, por eso me puse la gabardina y salí a la calle. Prefería morir a acostarme otra vez con la soledad. Morir. Esa sí que sería una buena solución.

Caminé por la calle sin saber bien hacia dónde dirigirme hasta que las manos empezaron a temblarme y noté la boca seca. Levanté la cabeza y entre los mechones de pelo mojado descubrí el cartel luminoso. Instintivamente había ido otra vez a aquel maldito antro de vicio y perversión, de lujuria y alcohol que era mi vida y mi destino inconsciente. Intenté recordar cuando fue la última vez que había estado, pero un extraño bloqueo en mi mente me impidió fijar una fecha exacta. Podía haber estado allí hacia un mes… o una sola noche. El frío empezaba a atenazarme los miembros, así que sacudí la cabeza y entré.

La nube de humo me hizo cerrar los ojos. ¿Qué fumar en los bares estaba prohibido? Era posible, pero no en el Hexágono. El Hexágono imponía su propia ley. ¿Que qué pinta tenía? Es más que probable que sea el peor sitio de toda la ciudad, e incluso del país, si me apuráis.

Imaginaos el sitio más cutre en el que hayáis estado, el peor antro de mala muerte que podáis encontrar, ¿lo tenéis? Bien, pues ahora recubrir sus paredes de terciopelo rojo – pero no olvidéis levantarlo en algunas zonas por la humedad- con una greca de tachuelas que parecen más bien chicles y chinchetas pegados sin ton ni son a la pared. La barra se encuentra al fondo, repleta de botellas con los líquidos más inspiradores y estimulantes que podáis probar. El camarero, un gorila unicejo y tuerto, lleva una pajarita mal anudada y una camisa llena de manchas. Tan pronto te sirve una copa como te hace de proxeneta. El centro del Hexágono está recorrido por una pasarela de madera, con su correspondiente barra americana al final. Detrás de la pasarela hay un escenario con cortinas rojas raídas. Tres sillones negros sin tapizar se encuentran a cada lado de la pasarela, haciendo un total de seis sillones. Seis sillones para los afortunados que pagan más y pueden sobetear un poco a la bailarina; seis buitres sin corazón que roerán el espíritu de alguna pobre chica cuya única culpa ha sido tener mala suerte en la vida. Pero, ¿qué podemos hacer? Yo soy uno de esos buitres.

El Hexágono sólo tenía cuatro afortunados la noche en que volví a pecar; cuatro caballeros hundidos en sus sillones, fumando y bebiendo como si no hubiera mañana. En el resto de mesas, desperdigadas por el bar, las chicas entretenían al resto de hombres más vacíos de cartera, aunque no de moral.

Dudé entre qué emplazamiento elegir. Las luces del escenario parpadearon y me sentí atraído por la posible actuación. Escuchar música sería maravilloso si con ello conseguía apagar las malditas voces de mi cabeza. Me senté en la mesa enfrente a la barra: el sillón más caro y cotizado. Ante todo quería no pensar. Una de las chicas se me acercó.

-Hola, papi. ¿En qué puedo ayudarte?

La miré con ojos vidriosos. Desde luego que bien podía ser su papi. No habría cumplido ni veinte años y era francamente bonita. Por desgracia le afeaba el carmín que se le derretía por una de las comisuras de sus labios, como si de una sangrante cicatriz se tratara. Los ojos los llevaba tan maquillados que parecían dos faros sobrenaturales, demasiado azules, demasiado abiertos. La falta total de curvas le hacía parecer enclenque, enfermiza. Sentí auténtica lástima por ella y por mí. Busqué en mi bolsillo y le tendí un billete arrugado.

-Whisky con hielo, tesoro.

Ella se apresuró a quitarme el billete.

-Volando.

-Espera- le cogí de la muñeca. Todo su cuerpo se tensó- ¿Quién actúa esta noche?- la solté y se relajó tanto que incluso conseguí que sonriera.

Madame Margot. Tiene una voz maravillosa.

Madame Margot. Seguro que lo único francés que tenía era el nombre. Bostecé y me eché hacia atrás en la silla. Estaba en primerísima fila. Los otros cuatro decrépitos espectadores que me acompañaban estaban demasiado concentrados en sus copas. Las luces del escenario volvieron a parpadear. La chica de los ojos enormes y el pintalabios chorreante me puso el vaso lleno delante y me besó en la frente. En plano centro me dejó un enorme surco rojo chillón. Di un trago y esperé.

El primero en salir fue un guitarrista desgreñado y con cara de pocos amigos. Se sentó en un taburete a la derecha del escenario y empezó a afinar la guitarra. Acto seguido salió el pianista, que ocupó su puesto al fondo del escenario. Le hizo un gesto con la cabeza al guitarrista y ambos comenzaron a tocar. Por la izquierda hizo su aparición Madame Margot.

Era increíblemente fea: sus cejas estaban demasiado pobladas para ser mujer; su nariz no encajaba con su cara, siendo la primera muy grande y la segunda muy pequeña; sus ojos eran pequeños pero muy expresivos, esquivos e incluso crueles. Su boca se abría desmesuradamente cuando cantaba y sus labios eran una fina línea curva, torcida en un gesto pícaro. Sin embargo era hermosa a través de su voz. El tono, el timbre, la melodía, la expresión… Todo en ella era perfecto. Y al cantar con tanta belleza, ella se volvía bella también. El vestido, demasiado justo y demasiado pequeño, dejaba muy poco a la imaginación.

En conclusión: me quedé totalmente fascinado por Madame Margot.

No recuerdo el número exacto de canciones que cantó aquella noche, quizás cinco, quizás diez. Estaba demasiado concentrado en el sonido de aquella voz que casi no distinguía cuando acababa una canción y cuando empezaba otra. Las melodías no eran gran cosa: canciones sencillas cantadas en francés (me equivoqué, resultó que Margot sí era francesa). No es que yo entienda el francés, pero por los movimientos de Madame Margot supuse de lo que hablaban. En el fondo todas las canciones hablan de lo mismo, de ese estúpido invento que intenta justificar los buenos sentimientos en las personas: el amor. Lástima que nadie cante sobre la verdad, es decir, sobre la oscuridad que anida en el fondo de los corazones.

Me bebí seis whiskeys durante la actuación de Madame Margot. Los suficientes y necesarios para empezar a perder el control de mi cuerpo y mis movimientos. Me sentía como un fanático ante el altar de su ídolo: si ella paraba para respirar o para beber agua, yo empezaba a sudar y temblaba de emoción al esperar la siguiente canción. Disfrutaba como el más entregado de los devotos, como el más fiel seguidor, mis ojos brillaban con un fuego más ardiente que el que luce en el Sol. Me quemaba la piel y, ¿para qué negarlo? La entrepierna también. Me moría por arrancarle ese estúpido vestido a Madame Margot y violar con toda la fuerza de mi ser aquel cuerpo y aquella voz, quería hacerla gritar y gemir de placer, que solo fuera mía, que yo fuera el único en escucharla.

Miré con rencor a mis cuatro compañeros que apenas levantaban la vista de sus vasos. Infames borrachos incapaces de apreciar el arte que aquella extraña mujer ofrecía. Sentí furiosos deseos de golpearles hasta que fueran capaces de escuchar. Iba a ponerme en pie para abalanzarme sobre mi compañero de la izquierda, que acababa de tirarse la copa encima, cuando la voz de Madame Margot se apagó.

Se estaba despidiendo, se inclinaba para saludar. Yo me quedé boquiabierto y desvalido. Los aplausos fueron escasos.

-Madame, no se vaya por favor. Otra canción, otra más- supliqué.

Ella me miró con una ceja levantada. Parecía una diosa contemplándome desde lo alto del escenario. La bragueta me iba a estallar. Entonces se inclinó sobre el escenario, me enseñó su generoso escote y me lanzó un beso. Me hundí en el sofá. El calor era abrasador. Vi como se alejaba entre el humo de los cigarros. Desapareció por una de las cortinas rojas, seguida por el guitarrista y el del piano.

En el momento en el que se fue, en el momento en el que dejé de escuchar su voz, la realidad volvió como un puñetazo para mí. Prácticamente me había quedado sin dinero, estaba en el peor bar de la ciudad, olía a degeneración humana y sudaba por todos los poros de mi piel, pero me había enamorado, o quizás solo era un calentón. En ese momento me pareció que era lo mismo. Aquella voz me había vuelto completamente loco.

Busqué con la mirada a la chica que me había servido. La localicé detrás de la barra, hablando con el gorila tuerto. Conté el dinero que me quedaba: una auténtica miseria, pero esperaba que pudiera cubrir la siguiente e inesperada parada de la noche. Me puse en pie con toda la dificultad del mundo y me acerqué tambaleando hasta la barra.

-Oye, jefe, ¿cuánto me costaría un concierto privado con Madame Margot?

El gorila me sonrió.

-Te ha gustado, ¿eh? Una voz como la suya no se escucha todos los días y, por supuesto, tampoco es nada barata.

Me apoyé en la barra. El gorila me imitó.

-Tengo treinta euros.

-¡Ja! Con treinta euros no te da ni para el preámbulo- el gorila se echó para atrás- Por treinta euros te cedo a esta belleza. Además sé que le gustas.- dijo señalándome a la niña que me había servido las copas, que me estaba mirando con aire coqueto.

-¿Sabes cantar, preciosa?- le pregunté.

-Yo por ti hago lo que sea.

-Cántame algo.

No sé si era por que la voz de Margot me había vuelto loco o porque la pobre cantaba así de mal, pero en el momento en el que empezó a canturrear el “Como una ola” la mandé callar. Imposible. Tenía que ser la francesita.

-Gracias, cielo. Quizás otra noche.- Me giré al gorila- Ya sabes quién soy. Yo siempre pago mis deudas- intenté persuadirle.

-Mira tío, me enfrento con tipos como tú todos los días. Me importa un carajo que vengas aquí noche tras noche: el dinero es el dinero y lo primero es lo primero, así que no hay Margot sin dinero.

-¿Cuánto me pides por verla?

-500.

-¿¡500!? Es una estafa.

-No lo es, amigo, y tú lo sabes.

Rebusqué en mi cartera. Encontré la que un día había sido mi tarjeta de crédito. Con suerte habría los 500 euros que me pedía. Nunca una mujer me había salido tan cara.

-Mira a ver cuánto hay aquí.

Le tendí la tarjeta al gorila. La chiquilla de los labios churretosos me miraba con desprecio. No le sostuve la mirada. Yo también me arrepentía.

-Solo tienes 300 euros- me dijo el gorila.

-Querido, cóbrale 100. Haré una excepción con él.- la voz de Margot se presentó clara a mi espalda. Yo me giré a mirarla- Siempre es agradable recibir a fans tan entregados.- su apenas perceptible acento francés volvió a revivir mi entrepierna. Y eso que era aún más fea de cerca, pero yo todo lo que podía ver era un cuerpo voluminoso y una voz que pedía a gritos hacer el amor.

El gorila me cobró los cien euros y me devolvió la tarjeta a regañadientes.

-No le atiendas toda la noche, Margot. Puede que tengas que volver a cantar.

Ella asintió con la cabeza y me cogió de la mano.

-Vamos a mi camerino, ¿verdad, guapo? Así te firmo un autógrafo- me dijo mientras se reía. Yo era un muñeco en sus manos, una rata siguiendo al flautista de Hamelín, un marinero tras los pasos de una sirena.

Margot me llevó detrás del escenario, esquivando las maderas que sostenían toda la infraestructura, hasta que en el fondo vimos una puerta blanca. Tenía un letrero en la puerta. Margot la abrió y me hizo pasar. Estaba oscuro y olía a humedad. Ella entró detrás de mí y cerró la puerta. Escuché su respiración en la oscuridad y me giré a por ella. Margot encendió la luz y nos encontramos cara a cara.

-Bienvenido a mi pequeña habitación.- me obligó a girarme y mirar el cuarto. Estaba bastante concurrido por la cantidad de objetos que contenía: había una cama deshecha al fondo con sábanas que en su día fueron blancas y que ahora eran más bien amarillas. A su lado había un tocador lleno de maquillaje con un espejo sobre el que colgaba una bombilla desnuda, sin lámpara ni mampara. A ambos lados había cajas repletas de ropa: con lentejuelas; con plumas; con lazos de terciopelo, de raso; sombreros, zapatos. Todo estaba distribuido como si hubiera habido una explosión dentro de la habitación.

Margot me rodeó y se sentó en el tocador. De uno de los cajones sacó un cigarro y una cerilla. Me ofreció la caja pero yo me negué. Se quedó sorprendida. Siguió sentada, fumando y midiéndome con la mirada. Yo continuaba de pie.

-Bueno, ¿te gusta como canto?

-Me encanta.

-Nunca me habían pedido otra canción.- dijo con una sonrisa cómplice.

-No lo creo.

-Es cierto. En estos antros los hombres no suelen prestarme mucha atención.

-Eso es porque no saben apreciar lo que tienen delante.

Ella volvió a reírse. No dejaba de mirarme.

-Me gustas. Tienes un algo diferente, un algo que me da miedo y que me atrae.- Margot se puso de pie. Yo la cogí por la cintura y la atraje hacia mí.- Mucho, muchísimo.

La besé. Era una cortesana. Lo hacía bien, muy bien. Por supuesto que sabía cómo hacerlo, era su trabajo. Quería preguntarle miles de cosas: qué hacía allí, por qué no era cantante profesional, cómo era posible que tuviera aquella voz. Sin embargo las palabras estaban de más en aquel lugar, en aquel momento. Era un insulto el desaprovechar un momento como ese.

Le arranqué el vestido. Dejé que el fuego me consumiera y nos envolviera a ambos.

-Canta, canta para mí.- le pedí en un susurro.

Ella comenzó a cantar con voz jadeante y entrecortada una de sus cancioncillas francesas. Toda la fealdad de su cara había desaparecido, tenía a toda una diosa entre mis brazos; entre sus piernas, todo un tesoro; y esa voz, esa voz que era puro deseo y puro placer. Le prendimos fuego a la habitación.

Margot yacía tumbada a mi lado, dormida y desnuda, exhausta. Yo acariciaba su garganta. El silencio era un tormento, quería volver a escucharla. Miré el rostro de Margot. Pero qué fea era. No era justo que una persona tan fea tuviera una voz tan bonita. Y sin saber por qué, empecé a enfadarme. Pensé en la niña que me había servido aquella noche: ella sí que era guapa, pero su voz era horrible. ¿Por qué la vida tenía que ser tan injusta? Esa voz que ahora estaba apagada, ¿por qué estaba apagada? ¿Por qué no podía seguir sonando? ¿Por qué no podía pertenecer a otra persona, a alguien más? ¿Por qué todo tenía que acabar?

Me estaba poniendo furioso. Mis caricias se habían vuelto arañazos. Margot se despertó.

-¿Qué haces, mon amour?

Mi puño se cerró sobre su garganta. Ella quiso gritar, pero le faltaba el aire. Apreté su garganta mientras ella forcejeaba sin éxito. De pronto mi cabeza me recordó que yo no quería constreñir esa voz, si no que quería liberarla. Solté a Margot, que se desplomó inconsciente sobre la cama. Me acerqué al tocador y me puse a rebuscar. Encontré unas tijeritas. Estaban afiladas. Servirían.

Cogí a Margot por el pelo. La marca de mis dedos brillaba roja en su cuello. Sus lágrimas habían mojado la cama. Casi podía saborear su miedo. Qué pena que no pudiera mirarme en aquel momento.

-Canta, canta, pajarillo. Canta ahora- Separé las tijeras y las blandí como si fueran una hoja de afeitar. Rasgué su cuello como si fueran las cuerdas de una guitarra, la sangre saliendo a borbotones. Canturreé una cancioncilla, imitando el estilo de Margot. Estaba liberando su voz, estaba dejando que volara libre por el mundo para que todos pudieran apreciarla. Podía verla salir a través de la herida abierta, a través de la cabeza desprendida de Margot. Había acabado con la única imperfección de aquella perfecta voz: la horrenda cara de Margot estaba ahora contra el suelo, donde nadie podría mirarla. Sonreí ante mi obra perfecta. Yo también sabía hacer arte. El mundo me agradecería haber liberado la maravillosa voz de Margot de aquel cuerpo feo y caduco. La música me envolvía, volaba libre, me llevaba con ella; atravesaba las sábanas manchadas de sangre y el cuerpo que yacía muerto en ellas. Ya no era quien era, ya no era nadie, salvo aquel sonido, que me había robado la cabeza.